La
victoria de Trump se ha convertido en el evento del año. Igual que
el Brexit, los atentados del Daesh, la purga de Pedro Sánchez, o
cualquier evento dispuesto a ser magnificado, los resultados de las
elecciones presidenciales de los Estados Unidos han pasado a formar
parte de la larga lista de los eventos históricos (o eso dicen)
ocurridos durante el 2016. En menos de veinticuatro horas se ha
hablado y escrito mucho sobre Trump. Se ha dicho y escrito mucho,
también, desde la ceguera política del liberalismo cosmopolita de
nuestros días. Si bien es cierto que la victoria de Trump es una muy
mala noticia para la clase obrera de los EEUU, también lo ha sido
que su alternativa fuera a su vez otra mala noticia para esa misma
gente. Al final, lo que estaba en juego era una opresión dura o una
más dura. Al final, el electorado ha elegido a la opción que les
prometía mayor seguridad. Una seguridad múltiple, no solo policial,
que se convierte en un elemento prioritario cuando deja de existir la
comunidad, cuando no existe ningún espacio de protección y la gente
más vulnerable se encuentra desprotegida en la gran jungla
ultraliberal que representa ese país.
En
el discurso que dio Obama después de obtener la reelección,habló
de la comunidad y del horizonte de progreso que representa el Sueño
Americano. Este discurso le sirvió como excusa a Andrew Dominik para
lanzar una reflexión crucial en su película Mátalos Suavemente. Jackie Cogan, el sicario a sueldo de la
mafia del juego representado por Brad Pitt, insiste en cobrar por su
trabajo, y de fondo suena un Obama prometiendo el cielo sobre la
tierra. Ahí es cuando Driver, el abogado que hace de intermediario
entre el sicario y la mafia, le aconseja que tome en cuenta ese
discurso, y le espeta “¿Oyes eso? Va por ti”. Ahí es cuando
Jackie Cogan lanza la reflexión que culmina la película: “Este
tio quiere que creamos que vivimos en una comunidad. No me hagas
reír. Yo vivo en América, y en América estás solo. América no es
un país, solo es un negocio”.
Pues eso. Estados Unidos
es un negocio, como todos los estados capitalistas, pero siendo el
mayor, siendo el más poderoso, es aun peor. El capitalismo
globalizado, o en su fase imperialista (como decía el sabio Lenin),
es una fábrica de desprotección, de soledad. La necesidad constante
de aumentar la plusvalía genera miseria. La misera genera la
disgregación de los espacios y los tiempos necesarios para
establecer lazos sociales y, por lo tanto, comunidad. Ante la falta de un espacio
de protección, la referencia se establece en la nación como ente
superior que debe protegernos de los males externos. Así se explica
que vivamos en una etapa de repliegue nacional. Las capas más
vulnerables de la sociedad necesitan un espacio de protección. Todo
proyecto emancipador debe tener en cuenta que, ante un mundo
controlado por los oligopolios internacionales, la recuperación de
la soberanía es el primer paso para poder construir una sociedad sin
explotación ni opresión. O bien la izquierda toma nota de la
importancia que tiene hoy la recuperación de la soberanía y lo que
podríamos llamar la “reconstrucción nacional”, o la extrema
derecha, chovinista por naturaleza, liderará esa lucha, o realizará
esa “reconstrucción nacional” para establecer el reino del
terror y así disciplinar a la clase obrera para conseguir una tasa
de ganancia mayor para las burguesías patrias. Ante un mundo
globalizado, insistir en una visión cosmopolita, o en un falso
internacionalismo, representa dejar todo el terreno de juego para que
el fascismo avance casi sin resistencia.

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