domingo, 30 de agosto de 2015

Flipper González y sus cartas




El domingo los catalanes  nos levantamos con una carta del expresidente de España Felipe González. Es probable que también fuera dirigida a las catalanas, pero no eran mencionadas y no soy capaz de certificarlo. Como es un personaje que no me merece ningún respeto, por su nefasta trayectoria política y su asqueroso presente ligado a la mafia empresarial hispano-americana, lo llamaré Flipper González. El nombre hace honor a una tira cómica de Miguel Brieva en la que se explica a la perfección su trayectoria como dirigente político (y que podéis ver al final de este post). Pues bien, el señor Flipper ha querido entrar en la campaña electoral catalana. Ha querido entrar con la vista puesta en las generales, con la vista puesta a consolidar al PSOE en el bloque de la defensa de la Constitución y el régimen del 78 ante unos fuertes competidores (PP y C’s).


La carta de la que hablamos no ha sido un simple artículo de opinión, ha sido el eje central del número dominical de El País. El editorial del domingo ha tratado única y exclusivamente del artículo. Pocas veces se ha podido ver un editorial y un periódico entregado a la voz de un personaje. La imparcialidad del periodismo está en su peor momento. Leer, ver y escuchar la prensa de gran audiencia hoy es un verdadero sufrimiento, es un espectáculo bochornoso. No hay periódico, no hay televisión, no hay radio que no trate el tema catalán desde una visión reduccionista. No hay prensa que no actúe como órgano de expresión del bloque constitucional o del bloque independentista-neopujolista.  Parece que la prensa de Madrid y de Barcelona esté empeñada en que el eje central del debate político sea la independencia y la unidad de España, dos caras de una moneda que empieza a estar devaluada. Un debate que empieza a cansar a la gente por su reduccionismo y por la falta de elementos tangibles.

La tensión nacional que vivimos está escondiendo a la gran masa popular que, en gran parte ajena a ese debate, sufre las consecuencias de una de las mayores crisis del capitalismo y las políticas de ajuste destinadas a mantener y aumentar los márgenes empresariales. Una gran masa popular que no tiene voz ni presencia en la prensa. Una gran masa popular que intenta ser comprada con argumentos reducidos –ya sea que la independencia traerá el progreso o que la independencia traerá miseria- por aquellos que en realidad la odian. La odian los que se creen que abrazarán la defensa de un régimen que les desprecia. La odian también aquellos que creen que son seres inferiores caricaturizados hasta la náusea, elementos exógenos que distorsionan la pureza cultural.

Volviendo a la carta, Flipper nos explica a los catalanes (ya he dicho que no puedo certificar que interpele a las catalanas) los males de la independencia. Nos advierte de grandes males, señala a los artífices de la pesadilla independentista como emuladores de las pesadillas nazi-fascistas del siglo pasado. Flipper González hace un refrito de los viejos argumentos, de los argumentarios pasados y pesados, y los sirve en papel de periódico desgastado. Hay que decir en favor de este poco entrañable anciano que en algo acierta. Acierta, por ejemplo, en que Cataluña saldrá de la Unión Europea. Es cierto, dejará de formar parte de ese club, pero si os soy sincero creo que le iría bien. Cataluña dispondría de unos instrumentos macroeconómicos de los que España ahora no dispone. También dice que dividirá a la sociedad catalana, y que supondría aislar Cataluña. Lo primero no es consecuencia de una reivindicación en sí misma, sino del peso que está teniendo la visión conservadora y esencialista del nacionalismo. Esa visión que ve en la nación algo eterno, y que en algunos casos puede tener tintes etnicistas y supremacistas. Poco hay del catalanismo del PSUC y de CC.OO. -un catalanismo popular, ciudadano e integrador- en un movimiento independentista que detesta todo lo que tenga que ver con una clase obrera mayoritariamente castellanoparlante. Cuando no la trata como sujeto subalterano, infantilizada y caricaturizada, la trata como parte del enemigo. Obviamente no todo el independentismo tiene esa visión del mundo, ni trata a la clase trabajadora de esa forma, pero no se esfuerzan mucho en distanciarse ni en denunciar esas actitudes lamentables (incluso cuando vienen de sus propias filas).

Más allá de los pormenores de la carta, se certifica una actitud paternalista de uno de los patriarcas del régimen del 78. Una actitud en la que se señalan unos peligros que los catalanes parece que no hayan visto. No sabemos de qué va la vida. Tiene que venir Flipper González, asesor de la segunda fortuna mundial, a advertirnos del infierno en el que estamos entrando. Flipper ha conseguido que el neopujolismo y su expresión electoral Junts Pel Sí cierre filas, pueda hacerse la víctima y seguir jugando a ser el trilero de la política catalana. De verdad, si realmente quieren que el independentismo deje de crecer, si quieren que los catalanes y las catalanas apuesten por seguir en España hagan caso a estos consejos. Primero, dejen de tratarnos como a imbéciles y traten a la gente con más humildad; no nos den consejos, opinen si quieren pero no den lecciones. Segundo, propongan un nuevo marco de relaciones que supere el Estado de las autonomías, que se formalice en un referéndum en el que catalanas y catalanes expresen si quieren seguir en España o no. Tercero, dejen de compararlo todo con el nazismo; es banalizar un episodio trágico de la historia de Europa. Cuarto y último, dejen de alimentar al troll independentista. Dicho esto, señor Flipper, deje la política y retírese para siempre a su vida de nuevo millonario. Nos haría un gran favor. 




jueves, 20 de agosto de 2015

Casandra y Europa

Casandra, bendecida con el don de la profecía y
maldecida con la incredulidad de los suyos 

 >> En los últimos meses el debate sobre la Unión Europea está más de actualidad que nunca. Parece que las élites políticas y económicas llevan a un callejón sin salida al proyecto de hermandad de pueblos más exitoso de las últimas décadas. Parece que la izquierda no para de hacer el ridículo con análisis completamente alejados de la realidad, con discursos completamente comprados a la pata moderada del sistema euro y con visiones ajenas al sentido común. Parece que sigue operando el “mal de Casandra”, esa pobre mujer que previendo el oscuro futuro de su ciudad y su familia era tratada como una loca; esa mujer que fue encerrada en su alcoba hasta que los invasores de Troya la violaron.

Las organizaciones de izquierdas caen en el error de confundir el internacionalismo con el europeísmo, y el europeísmo con la defensa de la Unión Europea. Toda organización que se diga de izquierdas tiene una opinión sobre ella que oscila entre las carencias democráticas de sus instituciones a la total falta de democracia. A su vez, todas las críticas a las instituciones que rigen la economía europea coinciden en el carácter antidemocrático, en su opacidad y en la gran influencia que tiene Alemania en ellas. Casi todas coinciden en que la Unión Europea es el resultado de un proceso histórico capitaneado por EE.UU. para asegurarse una área de libre mercado en el viejo continente. Pero se da la enorme contradicción de que ninguna de ellas quiere romper con ese marco. Todas caen en la gran debilidad ideológica de asumir el discurso del miedo a la salida del euro, todas asumen la catástrofe que supondría la salida de sus países de la moneda común y las más seguidistas aprietan las filas defendiendo la claudicación del gobierno griego que supone venderse el país. Hoy casi ninguna organización de izquierdas plantea una lucha ideológica seria, una lucha en base a marcos conceptuales propios basados, a su vez, en análisis rigurosos económicos ya existentes.

Ayax raptando a Casandra

Como siempre hay quién señala el origen del problema. Son los mismos (casualidades de la vida) que anunciaron el daño que produciría el Tratado de Maastricht para las economías del sur de Europa. Son las personas que han advertido de lo negativo de la libre circulación de capitales. Además, son las que señalan que la solución hoy no viene por “más Europa”, por una fiscalidad compartida, sino por la recuperación de instrumentos macroeconómicos, es decir por la recuperación de la soberanía. De lo contrario, la única vía para salir de la crisis que entre en la esfera de lo tangible es la devaluación salarial y la venta del patrimonio público. Esta es la vía que imponen las élites, la vía que ahoga y deja en la miseria a las capas populares. Esta es la vía que se impone cuando no se tienen instrumentos para paliar la deuda pública, cuando no se tienen instrumentos para disponer de dinero en el momento que se necesite sin la imposición de medidas draconianas como en Grecia, cuando no existen instrumentos para controlar la fuga de capitales ante políticas de control y distribución real de la riqueza. Sin disponer de instrumentos para contrarrestar los ataques de las élites económicas es imposible desarrollar ningún programa de recuperación del bienestar social, es decir que no es viable ningún programa de cambio político y social sin romper con el marco del euro y de la Unión Europea.  También es cierto que ningún programa de transformación social hoy es aplicable sin sufrimientos. Depende de la tendencia ideológica que ese sufrimiento recaerá en las clases dominantes o en las populares. En el marco de la Unión Europea el sufrimiento siempre lo padece la clase trabajadora y las capas medias, no hay opciones políticas que valgan, las “instituciones” marcan las políticas que determinan el reparto (obviamente desigual) del dolor.


Pero como siempre saldrán los familiares de Casandra a encerrarla en la alcoba, a tachar de ridículas y temerarias las voces que comparten estas tesis. En el mejor de los casos pasados diez años dirán que los que apostaban por la salida del euro tenían razón. Saldrán los familiares de Casandra a ser derrotadas ante un ejército implacable, sin piedad. El problema, como siempre, es la debilidad ideológica, esquivar la batalla ideológica para poder navegar en los oleajes electorales, planificando la política a base de encuestas, calibrando las posiciones en función del estado de ánimo de la muchedumbre sin plantear marcos nuevos, sin batallar la política del miedo con un proyecto de futuro que proponga un nuevo estado de las cosas. Y cuando llegue Áyax a violar a Casandra, cuando se cometa el sacrilegio y Grecia entre en default porque no quede un terruño por vender, dirán que Anguita –perdón, Casandra- tenía razón.