Mostrando entradas con la etiqueta Marxisme. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marxisme. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de julio de 2016

El final de la historia y la importancia de leer bien.


Han sido múltiples las críticas al marxismo. Una de ellas es su supuesta naturaleza mesiánica, según la cual existe un “pueblo elegido” (el proletariado) destinado a liberar a la humanidad por su predestinación histórica. Si bien una lectura simple puede llevar a tener esa concepción del marxismo, en cuanto uno realiza una lectura más profunda ve que la “predestinación” de la clase obrera no viene dada por su carácter de “pueblo elegido”. Por una parte, no existe una predestinación histórica, y por la otra, el papel histórico del proletariado se sujeta en sus condiciones de vida y en su papel en la sociedad de clases.

Si bien Marx y Engels dan a la clase obrera el papel de sujeto de cambio revolucionario en el capitalismo, en el primer capítulo de El Manifiesto Comunista reflejan que la historia, es decir la historia de la lucha de clases, no se desarrolla con un final marcado. Así pues cuando en El Manifiesto exponen que la historia es “en una palabra: opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras francas y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes” dibujan una concepción abierta de la historia, cuyo fin no está predeterminado. Es decir, más allá de las proclamas típicas de un manifiesto en el que se alienta a poner fin a una situación de explotación, la concepción de la historia en Marx y Engels en ningún caso se puede ver como un esquema prefijado.

Más allá de esta cuestión, en La Sagrada Familia, hay un fragmento muy interesante sobre el papel liberador del proletariado. Se trata en el Capítulo IV, en la Segunda Nota Marginal del cuarto punto, que trata las tesis de Proudhon. Hay un fragmento del texto de Marx que comparto más abajo a partir del que se podrían extraer algunas reflexiones. En el texto Marx dice  en las condiciones de existencia del proletariado se condensan, en su forma más inhumana, todas las condiciones de existencia de la sociedad actual; el hombre se ha perdido a sí mismo, pero, al mismo tiempo, no sólo ha adquirido conciencia teórica de esa pérdida, sino que se ha visto constreñido directamente, por la miseria en adelante ineluctable, imposible de paliar, absolutamente imperiosa -por la expresión práctica de la necesidad-, a rebelarse contra esa inhumanidad; y es por todo esto que el proletariado puede libertarse a sí mismo. Pero no puede él libertarse sin suprimir sus propias condiciones de existencia. No puede suprimir sus propias condiciones de existencia sin suprimir todas las condiciones de existencia inhumanas de la sociedad actual que se condensan en su situación.” Sin ninguna duda, este fragmento es un antídoto contra los maximalismos que proponen postergar las luchas no económicas para el día después del triunfo de la revolución socialista.

No es posible una liberación como clase si no se da una liberación interna, es decir, la liberación de todas aquellas opresiones que habitan en el interior de la clase obrera. Estas opresiones son todas las opresiones que se dan en el marco de una sociedad capitalista, y tienen que ver con la producción y la reproducción del capital. Una visión centrada únicamente en las opresiones del ámbito de la producción obvia las que se desarrollan en el ámbito de la reproducción. Por lo tanto, obviar todo aquello que tiene relación con las condiciones que aseguran que se disponga cada día de la mano de obra, esto es alimentación, cuidado de la vivienda, y la misma reproducción, por lo tanto todo lo que tiene que ver con las relaciones afectivo-sexuales, niega la posibilidad de la desaparición de las clases, por no decir que margina a la mitad del sujeto revolucionario, y a todas aquellas expresiones que se salen del marco reproductivo capitalista.


Aquí la Segunda Nota Marginal del punto 4 del capítulo IV de La Sagrada Familia

"Proudhon, mediante el hecho de la miseria, de la pobreza, termina sus consideraciones de una manera exclusiva; en ese hecho ve una contradicción con la igualdad y la justicia; encuentra allí sus armas. Es así cómo ese hecho deviene a sus ojos un hecho absoluto, justificado, mientras que el hecho de la propiedad deviene un hecho injustificado." La tranquilidad del conocimiento nos enseña que Proudhon encuentra, en el hecho de la miseria, una contradicción con la justicia y que lo estima, pues, injustificado; y, sin tomar aliento, ella nos asegura que ese hecho "deviene a sus ojos un hecho absoluto, justificado".
La antigua economía política partió de la riqueza que el movimiento de la propiedad privada se reputa produce para las naciones y ha llegado a resultados que hacen la apología de la propiedad privada. Proudhon parte del punto de vista opuesto, sofísticamente oculto en la economía política; parte de la pobreza producida por el movimiento de la propiedad privada y llega a resultados que niegan la propiedad privada. La primera crítica de la propiedad privada toma naturalmente como punto de partida el hecho donde la esencia contradictoria de esta propiedad aparece en la forma más tangible, más llamativa, en la que rebela más al sentimiento humano; el hecho de la pobreza, de la miseria.
"La crítica, por el contrario, agrupa los dos hechos de la pobreza y de la propiedad en uno solo; reconoce la conexión íntima de ambos, y hace de ellos un todo cuyas condiciones de existencia busca luego."
La crítica que, hasta entonces, nada ha comprendido en los hechos de la propiedad y de la pobreza, hace valer, "por el contrario", en oposición al hecho real de Proudhon, su propio hecho, simplemente advenido en su imaginación. Reúne los dos hechos en uno solo y únicamente después de esta operación se da cuenta de la conexión íntima de ambos hechos. La crítica no puede negar que también Proudhon reconoce una conexión íntima entre los hechos de la pobreza y de la propiedad, puesto que precisamente a causa de esta conexión anula la propiedad para suprimir la pobreza. Proudhon ha ido aún más lejos. Ha demostrado detalladamente cómo el movimiento del capital produce la miseria. Pero la crítica no se rebaja a estas mezquindades. Reconoce que la pobreza y la propiedad privada son antinomias; ¡por lo demás, es ésta una opinión bastante extendida! Ella hace de la pobreza y de la riqueza un todo cuyas condiciones de existencia busca luego. Cuestión tanto más superflua cuando la crítica viene a constituir justamente ese todo y que esta constitución es ella misma, por lo tanto, la condición de existencia de ese todo.
Pidiéndole a ese "todo como tal" las condiciones de su existencia, la crítica crítica busca, pues, siguiendo un procedimiento netamente teológico, las condiciones de existencia de ese todo por fuera de ese todo. La especulación crítica permanece fuera del objeto que pretende tratar. En tanto que toda la antinomia no es otra cosa que el movimiento de las dos partes del todo, en tanto que la naturaleza de esas dos partes encierra precisamente la condición de existencia del todo, la crítica elude el estudio de ese movimiento real constitutivo del todo, para estar incluso en condiciones de declarar que la crítica crítica, en tanto que tranquilidad del conocimiento, está por encima de los dos extremos de la antinomia, y que su actividad, después de haber constituido el "todo como tal", es la única que puede suprimir actualmente la abstracción que ella ha creado.
El proletariado y la riqueza son antinómicos. Como tales constituyen un todo. Son dos formas del mundo de la propiedad privada. Se trata de determinar el lugar que uno y otra ocupan en la antinomía. No basta decir que son los dos aspectos de un todo.
La propiedad privada, en tanto que propiedad privada o riqueza, está obligada a mantenerse ella misma y, por consecuencia, a su contrario, el proletariado. Es éste el lado positivo de la antinomia; la propiedad privada que halla su satisfacción en sí misma.
Inversamente, el proletariado, en tanto que proletariado, "se encuentra forzado a trabajar por su propia supresión y, por consecuencia, por la de la propiedad privada, es decir, de la condición que hace de él el proletariado. Este es el lado negativo de la antinomia: la propiedad privada fatigada de inquietud, descompuesta y en vías de disolución.
La clase poseedora y la clase proletaria presentan el mismo estado de desposesión. Pero la primera se complace en su situación, se siente establecida en ella sólidamente, sabe que la alienación discutida constituye su propio poder y posee así la apariencia de una existencia humana; la segunda, por el contrario, se siente aniquilada en esta pérdida de su esencia, y ve en ella su impotencia y la realidad de una vida inhumana. Ella se encuentra, para emplear una expresión de Hegel, en el rebajamiento en rebelión contra ese rebajamiento, rebelión a la cual es empujada, necesariamente, por la contradicción que existe entre su naturaleza humana y su situación, que constituye la negación franca, neta y absoluta de esa naturaleza.
En el marco de la antinomia, los propietarios privados forman, pues, el partido conservador y los proletarios, el partido destructor. Los primeros trabajan para mantener la antinomia, los segundos, para aniquilarla.
Es cierto que, en este movimiento económico, la propiedad privada se encamina por sí misma hacia su disolución; pero ella no lo hace más que por su evolución que le es independiente, realizándose contra su voluntad, sólo porque produce al proletariado, en tanto que proletaria-do; vale decir, produce la miseria consciente de su miseria moral y física, el embrutecimiento consciente de su embrutecimiento, y que, por esta razón, tratan de suprimirse a sí mismos. El proletariado ejecuta el juicio que, por la producción del proletariado, la propiedad privada pronuncia contra ella misma, lo mismo que ejecuta el juicio que el asalariado pronuncia contra sí mismo, al producir la riqueza ajena y su propia miseria. Si el proletariado conquista la victoria, esto no significa absolutamente que se haya convertido en tipo absoluto de la sociedad, pues sólo es victorioso suprimiéndose a sí mismo y a su contrario. Y, entonces, el proletariado habrá desaparecido tanto como el contrario que le condiciona, la propiedad privada.
Si los autores socialistas atribuyen al proletariado ese papel mundial, no es debido, como la crítica afecta creerlo, porque consideren a los proletarios como a dioses. Es más bien lo contrario. En el proletariado plenamente desarrollado se hace abstracción de toda humanidad, hasta de la apariencia de la humanidad; en las condiciones de existencia del proletariado se condensan, en su forma más inhumana, todas las condiciones de existencia de la sociedad actual; el hombre se ha perdido a sí mismo, pero, al mismo tiempo, no sólo ha adquirido conciencia teórica de esa pérdida, sino que se ha visto constreñido directamente, por la miseria en adelante ineluctable, imposible de paliar, absolutamente imperiosa -por la expresión práctica de la necesidad-, a rebelarse contra esa inhumanidad; y es por todo esto que el proletariado puede libertarse a sí mismo. Pero no puede él libertarse sin suprimir sus propias condiciones de existencia. No puede suprimir sus propias condiciones de existencia sin suprimir todas las condiciones de existencia inhumanas de la sociedad actual que se condensan en su situación. No en vano pasa por la escuela ruda, pero fortificante, del trabajo. No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aun el proletariado integro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser. Su finalidad y su acción histórica le están trazadas, de manera tangible e irrevocable, en su propia situación de existencia, como en toda la organización de la sociedad burguesa actual.
Nos parece superfluo demostrar aquí que una gran parte del proletariado inglés y francés ya ha adquirido conciencia de su misión histórica y no deja de esforzarse para dar a esta conciencia toda la claridad deseada.
La crítica crítica puede reconocer esto tanto menos en cuanto ella se ha proclamado el elemento exclusivamente creador de la historia. Es a ella a quien pertenecen las antinomias históricas, así como el papel de hacerlas desaparecer. Publica, pues, por medio de su encarnación, el señor Edgar, el aviso siguiente: "La cultura y la falta de cultura, la posesión y la falta de posesión, estas antinomias deben ser propiedad absoluta de la crítica, sino, serán profanadas". La posesión y la falta de posesión han recibido la consagración metafísica de las antinomias crítico-especulativas. Únicamente la mano de la crítica crítica tiene el derecho, pues, de tocarlas, sin cometer sacrilegio. Los capitalistas y los obreros no tienen que in-miscuirse en su situación recíproca.
Lejos de sospechar que se pueda discutir su concepción crítica de la antinomia, que se pueda profanar ese santuario, el señor Edgar se hace hacer por su adversario una objeción que sólo él podía hacerse.
"¿Es posible, pues -pregunta el adversario imaginario de la crítica crítica-, servirse de otras nociones que de las nociones existentes, libertad, igualdad, etc.? Yo respondo -escuchad bien lo que responde-, que las lenguas griega y latina han desaparecido desde que fue agotada la esfera de ideas a la cual servían de expresión".
Ahora vemos con nitidez por qué la crítica crítica no expresa una sola idea en alemán. El idioma de sus ideas aún no está establecido, a pesar de todos los esfuerzos intentados por Reichart en su estudio crítico de las palabras extranjeras, por Faucher en su estudio del idioma inglés, y por el señor Edgar en su estudio de la lengua francesa, para preparar la nueva lengua crítica.

miércoles, 29 de julio de 2015

No maten a la clase obrera, por favor (II)

Campamento de trabajadores de Coca-Cola de Fuenlabrada en huelga. Foto: Laura R. 


Continuación de la primera parte

Hoy la clase obrera es una clase mucho más compleja, con una práctica política hipercompleja. Existe una parte de esta clase encuadrada en sindicatos, que participan en las elecciones sindicales (con altos porcentajes de participación allí donde se dan) y en las secciones sindicales. Esa parte, a su vez, tiene una estrecha relación con la esfera política, traducida en organizaciones políticas que provienen del movimiento obrero (sea cual sea su evolución histórica). Esa parte sigue siendo determinante en la vida política, y es uno de los objetivos principales de las fuerzas políticas del campo de las élites. Como objetivo a destruir, han aprobado una legislación estratégica para acabar con su poder, con su papel determinante en la configuración de las relaciones laborales. Por otra parte, estas fuerzas sindicales, y sus traducciones en lo político, siguen ancladas en la lógica de los Pactos del 78.

Existe otra parte de la clase obrera que no se encuadra en las estructuras clásicas. Se produce un círculo vicioso en el que allí donde hay estructuras clásicas no hay derechos, ni la posibilidad de organizarse. Como no existe esa posibilidad no existen estructuras clásicas, pero a la vez estas estructuras no se preocupan por esos espacios. Al final, tenemos unos sectores de la clase obrera sin una vertebración, cuyas demandas son invisibles o cuando se dan son espasmódicas. Por otra parte, se da también una aparición en forma de reivindicación económica lateral, es decir que afecta a aspectos clave de la vida pero que no tienen que ver con lo que podríamos considerar el núcleo del conflicto, la disputa del salario. Estas reivindicaciones económicas han incorporado al campo de la clase obrera activa a todas aquellas personas que han perdido su condición social en esta crisis, es decir han sumado a la lucha a los sectores proletarizados. Estos sectores han vivido un desplazamiento ideológico por la vía de los hechos. Ha sido, precisamente, la acción de grupos como la PAH la que ha consolidado el desplazamiento político de los sectores medios y populares de la sociedad. Ha sido la realidad material la que ha llevado a la construcción de un sujeto, de un actor participante.

La clase obrera, pues, la clase de personas que viven de su trabajo es el grupo social que producirá los cambios. Por más que haya pensadores o teóricos que se estrujen el cerebro, que imaginen o escriban relatos alternativos, serán las personas que cada día construyen la realidad que nos envuelve –la casa que tenemos, la calle que pisamos, la persona que nos cobra en la tienda, el coche o el autobús en el que nos movemos, etc.- las que la transformen. Por más que un intelectual tenga la capacidad de abstraerse y pensar los métodos para la transformación, si no conocen los rincones de la vida material, de la vida real, jamás podrán planificar una estrategia que conduzca a las clases subalternas a asaltar el poder, y mucho menos la transformación real de la sociedad. Ahí reside el papel de sujeto transformador y político de primer orden de la clase obrera. De su acción depende el cambio. Esto no quiere decir que sea el único sujeto, sino que por sus características está llamada a liderar, con su acción, todo proceso de transformación real de la sociedad. Pueden existir cambios de régimen o de sistema político encabezado por otras clases, pero jamás se ha dado un cambio de base material sin el liderazgo de la principal clase oprimida.

Hoy, en la esfera política, existe cierto vacío para la clase obrera. Existen organizaciones políticas que la interpelan. Existen organizaciones políticas formadas por personas que forman parte de esa clase, pero no existe una gran organización política que tenga como objetivo ser la expresión de esa clase, y a su vez quiera liderar un bloque popular. Existen organizaciones que pretenden construir ese bloque popular, pero que al final consiguen construir bloques populares que compiten entre ellos. No existen, por más que duela decirlo, organizaciones que realmente centren su trabajo en organizar el partido de la clase obrera. Hacerlo quiere decir trabajar en la creación de conciencia de clase. Crearla, generarla desde la nueva realidad, desde una nueva forma de vivir la vida y el trabajo, desde las nuevas formas de socialización y desde la comprensión de la complejidad de la situación actual de la clase obrera. Generarla desde una nueva forma de organización del conflicto, desde una forma que conecte con la fragmentación, la temporalidad y el desarraigo. Generarla asumiendo que se necesita un nuevo inicio y un nuevo impulso de las fuerzas sociales y políticas de clase. Sin esto, solo la clase obrera que vive en patrones pasados –pero que, como decíamos, siguen existiendo en el presente- existirá como sujeto, arrastrando a toda su clase por omisión a la subalternidad política. Necesitamos que toda la clase obrera esté organizada, necesitamos una nueva forma de vertebrarla. Lo necesitamos para que además de existir la clase obrera sea protagonista del momento que vivimos.


martes, 28 de julio de 2015

No maten a la clase obrera, por favor (I)



Para ajustarlo a la lectura en formato digital publico este artículo de cuatro páginas en dos partes. La segunda parte se publicará mañana

Se ha puesto de moda en la teoría política eliminar a la clase obrera como sujeto de primer orden. Parece ser una condición sine qua non para entrar en el club de lo aceptable. La clase obrera ha muerto, ya no existe. La clase obrera es una construcción ideológica desfasada, superada por la transformación del modelo de producción. El papel predominante de la tecnología, la existencia de nuevas formas de relaciones laborales, y otras innumerables cuestiones, han hecho de la clase obrera una categoría anticuada. El sujeto actual y actualizado es la ciudadanía, para unos, la gente, el pueblo. Impera la elección de sujetos indefinidos, globales. Imperan los sujetos que esconden la complejidad de la composición de la sociedad, que esconden los conflictos existentes o los sitúan en un papel secundario.

Así es, por ejemplo, en el caso de las tesis que postulan algunos dirigentes de Podemos. Su propuesta es la de “construir pueblo”, esto es crear un relato nacional y popular con el que se identifique la mayoría y así poder implementar un programa de cambio político y social. Para rebatir sus tesis me parece imprescindible leer el artículo de Pau Llonch, en el que se desmontan las tesis idealistas de la autonomía de la esfera político-ideológica y del peso del discurso en la creación de realidades. En cierta medida, es cierto que existe una cierta performatividad en el lenguaje, pero no tanto en la dirección lenguaje-realidad-lenguaje, como proponen los acólitos del giro lingüístico, sino en la dirección realidad-lenguaje-realidad. Esto es que desarrollamos la realidad, la explicamos, a partir de un lenguaje que sirve para describir y normativizar. La normativización viene de una realidad existente, y se transforma por lo tanto transformando la apariencia y la sustancia, es decir, desde el cambio de la realidad material y de la realidad ideológica. Lo que no es cierto, y aún menos demostrable, es la independencia de lo ideológico-mental (y el discurso como narración de esa esfera) de lo material.

Lo que tampoco es cierto es que no exista una estructura social que tenga su origen en lo material, en la existencia de unos intereses materiales que sean contradictorios con los de otros grupos, en una sociedad basada en una economía de la competencia. No es cierto que la identidad se base exclusivamente en relatos, o que sea la identidad lo que genere las clases o grupos sociales. Pero más allá de negar esa tesis, que es la base de la negación de la existencia en la actualidad de la clase obrera, para determinar la existencia de clases o su composición hay que hacer una lectura dinámica y dialéctica de realidad, es decir, ver que no es el continente lo que marca una clase social (luego iremos a la etimología de “clase obrera” o “proletariado”), sino que son los intereses materiales lo que la delimita, lo que le da forma y razón de existir. Así pues, si identificamos a la clase obrera como aquella clase que vive de su trabajo dependiendo de la posesión de los medios de producción y distribución de otra persona, si identificamos a esta clase como una clase que vive de su trabajo, si somos capaces de hacer un ejercicio de abstracción podremos definir con mayor exactitud las clases sociales y su papel en la sociedad, y por ende en la política. A simple vista, y siempre y cuando quien lea estas líneas no esté encerrado en el mundo universitario de las ideas y las realidades paralelas, podrá ver que la “clase obrera” existe. Existe, además, teniendo un papel histórico de subalternidad. Lo que le da un papel protagonista en las clases subalternas es su relación directa con el conflicto capital-trabajo, esto es el conflicto que se da entre la creación social de la riqueza y el acaparamiento privado y excluyente de esta, traducida en lo material a la creación de la riqueza por parte de los trabajadores y las trabajadoras y el acaparamiento del propietario de los medios, de la apropiación en pocas manos por lo creado por muchas.

Ahora deteniéndonos en la terminología, podríamos decir que siempre que existan personas que vivan de su trabajo dependiendo de los instrumentos de otro existirá la clase obrera. Así pues “clase obrera” viene a significar “la clase que obra”, que hace, que construye. La “clase trabajadora” vendría a significar lo mismo. Se produce una confusión entre “obrero” y trabajador de la construcción, o entre “clase obrera” y trabajadores de cuello azul. Una confusión con una clara intencionalidad reaccionaria, que esconde un odio hacia la clase obrera y que pretende ahondar en su subalternidad. Por otra parte, un término mucho menos utilizado en la actualidad, pero que contrae un significado mucho más plural, es el “proletariado”. El “proletariado” es una palabra que tiene como raíz “prole” (hijos, descendencia), por lo que “proletariado” vendría a ser aquel grupo social que lo único que tiene para aportar a la sociedad son los hijos, es decir la mano de obra del futuro (en el caso de la Antigua Roma hijos para el ejército). Creo que estos términos se ajustan más a la realidad que algunos nuevos que se crean, como precariado (la precariedad como forma de vida es una constante en la clase obrera).


Otro aspecto que se tiende a enfocar para negar la existencia de la clase obrera es la transformación del espacio de trabajo, del tipo de relaciones contractuales y laborales, del tipo de centro de trabajo, etcétera. Desgraciadamente, la academia está llena de esta tendencia. El gurú de los últimos tiempos es Guy Standing, que confunde una brecha generacional en la forma de vivir el trabajo y en el estilo de vida con la aparición de una nueva clase social. Con las transformaciones en la división internacional del trabajo que llevaron a la desindustrialización de nuestro país, se produjo una brecha generacional prevista desde un primer momento (ver el Informe Petras). El proceso llamado “reconversión industrial” nos llevó a una transformación estructural y profunda de la clase obrera de nuestro país. Los blue collar dejaron de ser predominantes, dejaron de ser el principal sector de su clase, pero no dejaron de tener el protagonismo en las organizaciones de clase. De hecho, hoy siguen siendo el sector más potente del sindicalismo. Esto apunta varias cuestiones. Los blue collar siguen existiendo, no han desaparecido, y no van a desaparecer por el interés de tener un mínimo de producción industrial en suelo español -ningún gobierno está dispuesto a asumir que en su país no hay tejido productivo, y el capital extranjero lo necesita para poder mantener la dispersión de la mano de obra-. Por otra parte, anclan al movimiento obrero en lo anecdótico, lo anclan en unos sectores de la economía que no representan la globalidad de la clase obrera, desposeen a amplias capas de sectores precarizados de la organización y dificultan su toma de conciencia, sentirse partícipes de una clase social con unos intereses materiales comunes.