jueves, 27 de abril de 2017

Las cenizas de Gramsci. Pier Paolo Pasolini



Poema de 1954.
Transcrito de la edición de Visor Libros, 2009.
Edición, Traducción y Prólogo de Stéphanie Ameri y Juan Carlos Abril. 



I

No es mayo este aire impuro
que al oscuro jardín extranjero
hace aún más oscuro o lo deslumbra


con ciegas claridades... de babas
este ciclo sobre los áticos amarillos
que en semicírculos inmesos velan


las curvas del Tíber, los azules
montes del Lacio... Una paz mortal difunde,
desmorada como nuestros destinos,

este mayo otoñal entre las viejas
murallas. Se halla en él la grisura
del mundo, el final del decenio en que nos aparece

acabado entre los escombros el profundo
e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida;
el silencio, infecundo y podrido...

Tú joven, en aquel mayo en que el error
era aún vida, en aquel mayo italiano
que añadía a la vida por lo menos

ardor, al menos alocado e impuramente sano
de nuestros padres - nunca padre
sino humilde hermano – ya con tu mano delgada

delineabas el ideal que ilumina
(pero no para nosotros: tú, muerto, y nosotros
muertos igual, contigo en el jardín

húmedo) este silencio. No puedes
¿ves?, sino descansar en este extraño
sitio aún confinado. Tedio

patricio a tu alrededor. Y desteñido,
sólo te llega algún golpe de yunque
de los taller de Testaccio1, atenuado

por el atardecer: entre tejados míseros,
desnudos montones de hojalata, chatarra,
donde cantando vicioso un aprendiz cierra

ya el día, mientras alrededor escampa.


II

Entre los dos mundos, la tregua en la que no somos.
Elecciones, entregas... otro sonido ya
no tienen sino éste del jardín triste

y noble en que el engaño obstinado
que suavizaba la vida se queda en la muerte.
En los círculos de los sarcófago no hacen

sino mostrar la suerte superviviente
de gente laica las laicas inscripciones
en estas grises piedras, cortas

e imponentes. Aún de pasiones
desenfrenadas arden sin escándalo
los huesos de los millonarios de naciones

más grandes; zumban, casi nunca desaparecidas,
las ironías de los príncipes, de los pederastas
cuyos cuerpos están en las urnas dispersas

incinerados y todavía no castos.
Aquí el silencio de la muerte es fe
de un silencio civil de hombres que se han quedado

hombres, de un tedio que en el tedio
del Parque muda discreto: y la ciudad,
que indiferente lo confina en medio

de tugurios y de iglesias, impía en su piedad
pierde ahí su esplendor. Su tierra
feraz de ortigas y legumbres

de estos escuálidos cipreses, esta humedad
negra que mancha los muros en torno
a pálidos garabatos de boj,

que la tarde al serenarse apaga
en desnudos olores de alga... esta yerbecilla
mísera e inodora, donde violeta se desploma

la atmósfera con un escalofrío de menta
o heno podrido, y quieta ahí preludia
con diurna melancolía, la apagada

trepidación de la noche. De clima
rudo, dulcísimo de historia,
entre estos muros es el suelo en que trasuda

otro suelo; esta humedad
que recuerda a otra humedad; y resuenan 
- familiares desde latitutes

y horizontes donde selvas inglesas coronan
en el cielo extraviada lagos, entre praderas
verdes como fosfóricos billares

o como esmeraldas: <<And O ye Fountains...>>-
las piadosas invocaciones...

III

Un trapillo rojo como aquel
enrollado en el cuello de los partisanos
y junto a la urna, en el terreno céreo,

dos geranios diversamente rojos.
Allí estás tú, con dura elegancia no católica
desterrado en una lista entre extranjeros

muertos: Las cenizas de Gramsci... Entre esperanza
y desconfianza vieja me acerco a ti, me lleva
la casualidad por este estrecho sendero

delante de tu tumba, de tu espíritu
permanecido aquí abajo entre estos libres.
(O es algo distinto, acaso más extasiado

e incluso más humilde, ebria simbiosis
de adolescentes de sexo con muerte...)
Y desde este país en el que no tuvo pausa

tu tensión, siento cuánto equívoco -
aquí en la quietud de las tumbas- y al tiempo
cuanta razón -en nuestra inquieta suerte-

tuviste destilando las supremas
páginas en los días de tu asesinato.
He aquí para atestiguar la semilla

del antiguo dominio aún no dispersa,
estos muertos apegados a una posesión
que hunde en los siglos su grandeza

y su abominación: y a la vez obsesivo
ese vibrar de yunques en sordina,
sofocado y afligido -desde el barrio

descuidado- para atestiguar su fin.
Y he aquí a mí mismo... pobre, vestido con la ropa
que los pobres ojean en escaparates

de esplendor tosco, y que ha descarriado
la suciedad de las calles más remotas,
de los asientos de los tranvía, de los que mi día

se extraña: mientras cada vez más escasas
son estas vacaciones mías, en el tormento
de mantenerme en vida; y si se me ocurre

amar el mundo no es más que por violento
e ingenuo amor sensual
así como, confuso adolescente, lo odié

entonces, si en él me hería el mal
burgués de mí mismo, burgués: ¿y ahora
escindido -contigo- el mundo,

no parece objeto de rencor y casi de místico
desprecio, la parte que tiene su poder?
Aun sin tu rigor subsisto

ya que no elijo. Vivo en el no querer
de la posguerra decaída: amando
el mundo que odio -en su miseria

desdeñoso y perdido- por un oscuro
escándalo de la conciencia...



IV

El escándalo de contradecirme, de estar
contigo y contra ti; en el corazón contigo,
en la luz, contra ti en las vísceras oscuras;

a mi traidor estado paterno
-en el pensamiento, en una sombra de acción-
me sé a él apegado en el calor

de los instintos, de la pasión estética;
atraído por una vida proletaria
a ti anterior, es para mí religión

su alegría, no su milenaria lucha:
su naturaleza, no su conciencia;
es la fuerza originaria del hombre

que se ha perdido en el acto
para darle la ebriedad de la nostalgia,
una luz poética: y más no sé decir

yo de esto que no sea justo
sin ser sincero, abstracto amor,
no acongojante simpatía...

Como los pobres pobre, me agarro
como ellos a humillantes esperanzas,
como ellos para vivir combato

cada día... Pero en mi condición
desoladora de desheredado,
algo poseo: y es el más exaltante

de los bienes burgueses, el estado
más absoluto. Pero como yo poseo
la historia, ella me posee y me ilumina:

¿pero para qué sirve la luz?



V

No digo el individuo, el fenómeno
del ardor sensual y sentimental...
tiene otros vicios, otro es el nombre

y la fatalidad de su pecar...
¡Pero en él amasados, cuántos vicios
comunes, prenatales, y cuánto

pecado objetivo! No son inmunes
los internos y externos actos,
que a la vida lo encarnan, de ninguna

de las religiones que en la vida se hallan,
hipoteca de muerte, instituidas
para engañar la luz, para dar luz al engaño.

Destinados a ser sus despojos
enterrados en el Verano2,
católica es su lucha con ellos: jesuíticas

las manías con las que dispone el corazón;
y aún más adentro: tiene astucias bíblicas
su conciencia... e irónico ardor

liberal... y luz tosca entre los disgustos
de dandy provinciano con provinciana
salud... Has las ínfimas minucias

donde se desvanecen, en el fondo animal
Autoridad y Anarquía... Bien protegido
de la impura virtud y del ebrior pecar

defendiendo una ingenuidad de obseso,
¡y con qué conciencia! Vive el yo: yo
vivo eludiendo la vida, con el sentido

en el pecho de una vida que sea olvido
violento, acongojante, Ah, cómo
entiendo, mudo en el rumor encharcado

del viento, aquí donde enmudece Roma
entre los cipreses cansadamente descompuestos,
junto a ti, el alma cuya inscripción dice

Shelley...3 Cómo entiendo el remolino
de los sentimientos, el capricho
(griego en el corazón del patricio,

veraneante nórdico) que le engulló
en el ciego celeste del Tirreno;
la carnal alegría de la aventura

estética y pueril: mientras Italia, postrada
como dentro del viente de una cicala4 enorme
abre de par en par blancos litorales

esparcidos en el Lacio de velados escuadrones
de pinos barrocos, de amarillentos
prados de buena hierba donde duerme,

con el miembro abultado entre los harapos,
un sueño goethiano, el pastorcito joven...
Oscuros, en la Maremma5 de hermosos desagües

de hierba acuática, donde el nogal se dibuja
claro, por las veredas que el boyero
rellena de su juventud ignaro.

Ciegamente fragantes en las secas
curvas de Versilia, que expone sobre el mar
enmarañado, ciego, los tersos estucos,

las ligeras taraceas de su campiña
pascual enteramente humana,
ensombrecida sobre el Cinquale6

desenredada bajo los tórridos Apuanos7
los vítreos azules sobre el rosa... De arrecifes,
derrumbamientos, descompuestos,

como por un pánico de fragancia en la Riviera8
blanda, enhiesta, donde el sol lucha con la brisa
para otorgar suprema suavidad

a los aceites del mar... Y alrededor zumba
de dicha el instrumento exterminado
de percusión del sexo y de la luz:

tan habituada está Italia que no tiembla
por ello, como muerta en su vida: gritan
calientes desde cientos de puertos el nombre

del compañero los jovencitos madorosos
con sus rostros morenos, entre la gente
ribereña, junto a huertos de cardos,

en pestilentes playitas...

¿Me pedirás tú, muerto sin adornos,
que yo abandone esta desesperada
pasión de estar en el mundo?



VI

Me voy de aquí, te dejo en el atardecer
que aunque triste desciende tan dulce
para nosotros, vivos, con la luz cérea

que cuaja por el barrio en penumbra.
Y lo agita. Lo hace más grande, vacío
alrededor y, más lejos, vuelve a encenderlo

de una alocada vida que del ronco
rodar de los tranvías, de los gritos humanos,
dialectales, hace un concierto desvaído

y absoluto. Y sientes, como en aquellos lejanos
seres que en vida gritan, ríen
en sus vehículos, en esos caserones

míseros donde se consume el expansivo
e inflie don de la existencia -
esa vida no es sino un escalofrío;

corpórea presencia colectiva;
sientes la falta de toda religión
verdadera; no vida sino supervivencia

-acaso más alegre que la vida-
igual que un pueblo de animales
en cuyo arcano orgasmo no haya otra pasión

que la del trabajo cotidiano: fervor
humilde al que da un sentido de fiesta
la humilde corrupción. Cuanto más vano

-en este vacío de la historia,
en esta pausa zumbante donde la vida calla-
es cualquier ideal, mejor se manifiesta

la estupenda, adusta sensualidad
alejandrina casi, que todo minia
e impuramente enciende, cuando aquí

en el mundo algo se derrumba, y arrastra
consigo al mundo en la penumbre, regresando
a plazas vacías, a talleres desgraciados...

Ya se encienden las luces constelando
Via Zabaglia, Via Franklin9, el Testaccio
entero, sin adornos entre su grande

y sucio monte, los lungoteveri,
el fondo negro más allá del río que Monteverde10
difumina o amontona invisible sobre el cielo.

Diademas de luces que se pierden
relucientes y fríos de tristeza
casi marina... Queda poco para la cena;

brillan los autobuses escasos del barrio
con racimos de obreros en las puertas,
y sin prisa van grupos de militares

hacia el monte que oculta, en medio de empapados
socavones y secos montones de basura
en la sombra, agazapadas ramerillas

que esperan irascentes sobre la afrodisíaca
sentina: y no muy lejos, entre ilegales
casillas por los márgenes del monte, o en medio

de edificios, casi mundos, unos muchachos
ligeros como trapos juegan en la brisa
ya no fría, primaveral; ardientes

de aturdimiento juvenil su romanesco
atardecer de mayo silban adolescentes oscuros
por las aceras, en la fiesta
vespertina; y los cierres metálicos de las cocheras
crujen de golpe alegremente,
si la oscuridad ha vuelto sereno el atardecer

y entre los plátanos de Piazza Testaccio
el viente que en temblores de tormenta cae
es muy dulce, aunque rasurando las toscas

y las tobas del Matadero, ahí se impregne
de sangre pútrida y por todas partes
agite desperdicios y olor a miseria.

Es un rumor la vida y éstos, perdidos en ella,
serenamente la pierden
si el corazón les llena: aquí

gozan míseros el atardecer: y en ellos
inermes, poderoso para ellos, el mito
renace... Pero yo, con el corazón consciente

de quien sólo en la historia tiene vida,
¿podré alguna vez más esforzarme con pura
pasión, si sé que nuestra historia se ha acabado?

1954

1Barrio romano donde se enconttaba antiguamente el matadero
2Nombre de un famoso cementerio católico romano
3El poeta inglés Percy B. Shelley (1792-1822). Se ahogó durante una tempestad en el mar Tirreno y, como dice el texto, está enterrado en el Cementerio Protestante o de los Ingleses, en el Testaccio. Allí también se encuentra la tumba del poeta Joh Keats (1795-1821).
4Cicala en italiano tiene dos significados: de mar, o sea, cigala, y de tierra, cigarra.
5La Maremma es una comarca de Toscana.
6Monte de los Apeninos
7Alpes Apuanos de Toscana
8 La Riviera es el litoral que se extiende a lo largo del golfo de Génova, desde San Remos hasta La Spezia.
9Nótese que estas dos calles van con mayúsculas, porque al encenderse se han convertido en constelaciones, igual que la Vía Láctea
10Barrio popular romano de la otra ribera del Tíber.

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