Poema de 1954.
Transcrito de la edición de Visor Libros, 2009.
Edición, Traducción y Prólogo de Stéphanie Ameri y Juan Carlos Abril.
I
No es mayo este aire impuro
que al oscuro jardín extranjero
hace aún más oscuro o lo deslumbra
con ciegas claridades... de babas
este ciclo sobre los áticos amarillos
que en semicírculos inmesos velan
las curvas del Tíber, los azules
montes del Lacio... Una paz mortal
difunde,
desmorada como nuestros destinos,
este mayo otoñal entre las viejas
murallas. Se halla en él la grisura
del mundo, el final del decenio en que
nos aparece
acabado entre los escombros el profundo
e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida;
el silencio, infecundo y podrido...
Tú joven, en aquel mayo en que el
error
era aún vida, en aquel mayo italiano
que añadía a la vida por lo menos
ardor, al menos alocado e impuramente
sano
de nuestros padres - nunca padre
sino humilde hermano – ya con tu mano
delgada
delineabas el ideal que ilumina
(pero no para nosotros: tú, muerto, y
nosotros
muertos igual, contigo en el jardín
húmedo) este silencio. No puedes
¿ves?, sino descansar en este extraño
sitio aún confinado. Tedio
patricio a tu alrededor. Y desteñido,
sólo te llega algún golpe de yunque
de los taller de Testaccio1,
atenuado
por el atardecer: entre tejados
míseros,
desnudos montones de hojalata,
chatarra,
donde cantando vicioso un aprendiz
cierra
ya el día, mientras alrededor escampa.
II
Entre los dos mundos, la tregua en la
que no somos.
Elecciones, entregas... otro sonido ya
no tienen sino éste del jardín triste
y noble en que el engaño obstinado
que suavizaba la vida se queda en la
muerte.
En los círculos de los sarcófago no
hacen
sino mostrar la suerte superviviente
de gente laica las laicas inscripciones
en estas grises piedras, cortas
e imponentes. Aún de pasiones
desenfrenadas arden sin escándalo
los huesos de los millonarios de
naciones
más grandes; zumban, casi nunca
desaparecidas,
las ironías de los príncipes, de los
pederastas
cuyos cuerpos están en las urnas
dispersas
incinerados y todavía no castos.
Aquí el silencio de la muerte es fe
de un silencio civil de hombres que se
han quedado
hombres, de un tedio que en el tedio
del Parque muda discreto: y la ciudad,
que indiferente lo confina en medio
de tugurios y de iglesias, impía en su
piedad
pierde ahí su esplendor. Su tierra
feraz de ortigas y legumbres
de estos escuálidos cipreses, esta
humedad
negra que mancha los muros en torno
a pálidos garabatos de boj,
que la tarde al serenarse apaga
en desnudos olores de alga... esta
yerbecilla
mísera e inodora, donde violeta se
desploma
la atmósfera con un escalofrío de
menta
o heno podrido, y quieta ahí preludia
con diurna melancolía, la apagada
trepidación de la noche. De clima
rudo, dulcísimo de historia,
entre estos muros es el suelo en que
trasuda
otro suelo; esta humedad
que recuerda a otra humedad; y resuenan
- familiares desde latitutes
y horizontes donde selvas inglesas
coronan
en el cielo extraviada lagos, entre
praderas
verdes como fosfóricos billares
o como esmeraldas: <<And O ye
Fountains...>>-
las piadosas invocaciones...
III
Un trapillo rojo como aquel
enrollado en el cuello de los
partisanos
y junto a la urna, en el terreno céreo,
dos geranios diversamente rojos.
Allí estás tú, con dura elegancia no
católica
desterrado en una lista entre
extranjeros
muertos: Las cenizas de Gramsci...
Entre esperanza
y desconfianza vieja me acerco a ti, me
lleva
la casualidad por este estrecho sendero
delante de tu tumba, de tu espíritu
permanecido aquí abajo entre estos
libres.
(O es algo distinto, acaso más
extasiado
e incluso más humilde, ebria simbiosis
de adolescentes de sexo con muerte...)
Y desde este país en el que no tuvo
pausa
tu tensión, siento cuánto equívoco -
aquí en la quietud de las tumbas- y al
tiempo
cuanta razón -en nuestra inquieta
suerte-
tuviste destilando las supremas
páginas en los días de tu asesinato.
He aquí para atestiguar la semilla
del antiguo dominio aún no dispersa,
estos muertos apegados a una posesión
que hunde en los siglos su grandeza
y su abominación: y a la vez obsesivo
ese vibrar de yunques en sordina,
sofocado y afligido -desde el barrio
descuidado- para atestiguar su fin.
Y he aquí a mí mismo... pobre,
vestido con la ropa
que los pobres ojean en escaparates
de esplendor tosco, y que ha
descarriado
la suciedad de las calles más remotas,
de los asientos de los tranvía, de los
que mi día
se extraña: mientras cada vez más
escasas
son estas vacaciones mías, en el
tormento
de mantenerme en vida; y si se me
ocurre
amar el mundo no es más que por
violento
e ingenuo amor sensual
así como, confuso adolescente, lo odié
entonces, si en él me hería el mal
burgués de mí mismo, burgués: ¿y
ahora
escindido -contigo- el mundo,
no parece objeto de rencor y casi de
místico
desprecio, la parte que tiene su poder?
Aun sin tu rigor subsisto
ya que no elijo. Vivo en el no querer
de la posguerra decaída: amando
el mundo que odio -en su miseria
desdeñoso y perdido- por un oscuro
escándalo de la conciencia...
IV
El escándalo de contradecirme, de
estar
contigo y contra ti; en el corazón
contigo,
en la luz, contra ti en las vísceras
oscuras;
a mi traidor estado paterno
-en el pensamiento, en una sombra de
acción-
me sé a él apegado en el calor
de los instintos, de la pasión
estética;
atraído por una vida proletaria
a ti anterior, es para mí religión
su alegría, no su milenaria lucha:
su naturaleza, no su conciencia;
es la fuerza originaria del hombre
que se ha perdido en el acto
para darle la ebriedad de la nostalgia,
una luz poética: y más no sé decir
yo de esto que no sea justo
sin ser sincero, abstracto amor,
no acongojante simpatía...
Como los pobres pobre, me agarro
como ellos a humillantes esperanzas,
como ellos para vivir combato
cada día... Pero en mi condición
desoladora de desheredado,
algo poseo: y es el más exaltante
de los bienes burgueses, el estado
más absoluto. Pero como yo poseo
la historia, ella me posee y me
ilumina:
¿pero para qué sirve la luz?
V
No digo el individuo, el fenómeno
del ardor sensual y sentimental...
tiene otros vicios, otro es el nombre
y la fatalidad de su pecar...
¡Pero en él amasados, cuántos vicios
comunes, prenatales, y cuánto
pecado objetivo! No son inmunes
los internos y externos actos,
que a la vida lo encarnan, de ninguna
de las religiones que en la vida se
hallan,
hipoteca de muerte, instituidas
para engañar la luz, para dar luz al
engaño.
Destinados a ser sus despojos
enterrados en el Verano2,
católica es su lucha con ellos:
jesuíticas
las manías con las que dispone el
corazón;
y aún más adentro: tiene astucias
bíblicas
su conciencia... e irónico ardor
liberal... y luz tosca entre los
disgustos
de dandy provinciano con provinciana
salud... Has las ínfimas minucias
donde se desvanecen, en el fondo animal
Autoridad y Anarquía... Bien protegido
de la impura virtud y del ebrior pecar
defendiendo una ingenuidad de obseso,
¡y con qué conciencia! Vive el yo: yo
vivo eludiendo la vida, con el sentido
en el pecho de una vida que sea olvido
violento, acongojante, Ah, cómo
entiendo, mudo en el rumor encharcado
del viento, aquí donde enmudece Roma
entre los cipreses cansadamente
descompuestos,
junto a ti, el alma cuya inscripción
dice
Shelley...3
Cómo entiendo el remolino
de los sentimientos, el capricho
(griego en el corazón del patricio,
veraneante nórdico) que le engulló
en el ciego celeste del Tirreno;
la carnal alegría de la aventura
estética y pueril: mientras Italia,
postrada
como dentro del viente de una cicala4
enorme
abre de par en par blancos litorales
esparcidos en el Lacio de velados
escuadrones
de pinos barrocos, de amarillentos
prados de buena hierba donde duerme,
con el miembro abultado entre los
harapos,
un sueño goethiano, el pastorcito
joven...
Oscuros, en la Maremma5
de hermosos desagües
de hierba acuática, donde el nogal se
dibuja
claro, por las veredas que el boyero
rellena de su juventud ignaro.
Ciegamente fragantes en las secas
curvas de Versilia, que expone sobre el
mar
enmarañado, ciego, los tersos estucos,
las ligeras taraceas de su campiña
pascual enteramente humana,
ensombrecida sobre el Cinquale6
desenredada bajo los tórridos Apuanos7
los vítreos azules sobre el rosa... De
arrecifes,
derrumbamientos, descompuestos,
como por un pánico de fragancia en la
Riviera8
blanda, enhiesta, donde el sol lucha
con la brisa
para otorgar suprema suavidad
a los aceites del mar... Y alrededor
zumba
de dicha el instrumento exterminado
de percusión del sexo y de la luz:
tan habituada está Italia que no
tiembla
por ello, como muerta en su vida:
gritan
calientes desde cientos de puertos el
nombre
del compañero los jovencitos madorosos
con sus rostros morenos, entre la gente
ribereña, junto a huertos de cardos,
en pestilentes playitas...
¿Me pedirás tú, muerto sin adornos,
que yo abandone esta desesperada
pasión de estar en el mundo?
VI
Me voy de aquí, te dejo en el
atardecer
que aunque triste desciende tan dulce
para nosotros, vivos, con la luz cérea
que cuaja por el barrio en penumbra.
Y lo agita. Lo hace más grande, vacío
alrededor y, más lejos, vuelve a
encenderlo
de una alocada vida que del ronco
rodar de los tranvías, de los gritos
humanos,
dialectales, hace un concierto desvaído
y absoluto. Y sientes, como en aquellos
lejanos
seres que en vida gritan, ríen
en sus vehículos, en esos caserones
míseros donde se consume el expansivo
e inflie don de la existencia -
esa vida no es sino un escalofrío;
corpórea presencia colectiva;
sientes la falta de toda religión
verdadera; no vida sino supervivencia
-acaso más alegre que la vida-
igual que un pueblo de animales
en cuyo arcano orgasmo no haya otra
pasión
que la del trabajo cotidiano: fervor
humilde al que da un sentido de fiesta
la humilde corrupción. Cuanto más
vano
-en este vacío de la historia,
en esta pausa zumbante donde la vida
calla-
es cualquier ideal, mejor se manifiesta
la estupenda, adusta sensualidad
alejandrina casi, que todo minia
e impuramente enciende, cuando aquí
en el mundo algo se derrumba, y
arrastra
consigo al mundo en la penumbre,
regresando
a plazas vacías, a talleres
desgraciados...
Ya se encienden las luces constelando
Via Zabaglia, Via Franklin9,
el Testaccio
entero, sin adornos entre su grande
y sucio monte, los lungoteveri,
el
fondo negro más allá del río que Monteverde10
difumina
o amontona invisible sobre el cielo.
Diademas
de luces que se pierden
relucientes
y fríos de tristeza
casi
marina... Queda poco para la cena;
brillan
los autobuses escasos del barrio
con
racimos de obreros en las puertas,
y sin
prisa van grupos de militares
hacia
el monte que oculta, en medio de empapados
socavones
y secos montones de basura
en la
sombra, agazapadas ramerillas
que
esperan irascentes sobre la afrodisíaca
sentina:
y no muy lejos, entre ilegales
casillas
por los márgenes del monte, o en medio
de
edificios, casi mundos, unos muchachos
ligeros
como trapos juegan en la brisa
ya no
fría, primaveral; ardientes
de
aturdimiento juvenil su romanesco
atardecer
de mayo silban adolescentes oscuros
por
las aceras, en la fiesta
vespertina;
y los cierres metálicos de las cocheras
crujen
de golpe alegremente,
si la
oscuridad ha vuelto sereno el atardecer
y
entre los plátanos de Piazza Testaccio
el
viente que en temblores de tormenta cae
es muy
dulce, aunque rasurando las toscas
y las
tobas del Matadero, ahí se impregne
de
sangre pútrida y por todas partes
agite
desperdicios y olor a miseria.
Es un
rumor la vida y éstos, perdidos en ella,
serenamente
la pierden
si el
corazón les llena: aquí
gozan
míseros el atardecer: y en ellos
inermes,
poderoso para ellos, el mito
renace...
Pero yo, con el corazón consciente
de
quien sólo en la historia tiene vida,
¿podré
alguna vez más esforzarme con pura
pasión,
si sé que nuestra historia se ha acabado?
1954
1Barrio
romano donde se enconttaba antiguamente el matadero
2Nombre
de un famoso cementerio católico romano
3El
poeta inglés Percy B. Shelley (1792-1822). Se ahogó durante una
tempestad en el mar Tirreno y, como dice el texto, está enterrado
en el Cementerio Protestante o de los Ingleses, en el Testaccio.
Allí también se encuentra la tumba del poeta Joh Keats
(1795-1821).
4Cicala
en italiano tiene dos significados: de mar, o sea, cigala, y de
tierra, cigarra.
5La
Maremma es una comarca de
Toscana.
6Monte
de los Apeninos
7Alpes
Apuanos de Toscana
8
La Riviera es el litoral que se extiende a lo largo del golfo de
Génova, desde San Remos hasta La Spezia.
9Nótese
que estas dos calles van con mayúsculas, porque al encenderse se
han convertido en constelaciones, igual que la Vía Láctea
10Barrio
popular romano de la otra ribera del Tíber.

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