jueves, 10 de agosto de 2017

El verano del ridículo (II)


[Cospedal abrazando el marxismo-leninismo]


Parece que el primer aviso no fue contundente. Ahí va el segundo. Dejad de hacer el ridículo. Hablad de frivolidades, de vuestras maravillosas vacaciones o de las riñas familiares asociadas al compartir más tiempo del habitual en el mismo espacio con la misma gente -esto ya es una teoría muy personal-. Hablad de lo que queráis, incluso de vuestras lecturas –si elige esta aventura diríjase al segundo punto de esta crónica de catastróficas desdichas-, pero no hagáis el ridículo, por favor.

Franco de la jungla
Quien le iba a decir a Manuel Vázquez Montalbán que la tierra que le vio descansar para la eternidad acogería a un personaje televisivo, más conocido por fastidiar la existencia de pobres bestias indefensas, la suciedad de sus calcetines y su calzado hortera, que por emitir opiniones fundamentadas. Este personaje, que sienta cátedra desde sus videos en Facebook, no es franquista. No es franquista, pero olvídate de las innumerables víctimas del franquismo. Todos fueron muy malos. Tú no viviste eso, no puedes opinar. Pero él sí. Él puede opinar para decirnos que Franco no mató tanto, y que desenterrar a tantas personas asesinadas y enterradas en las cunetas, en fosas comunes, es reabrir heridas. El franquismo no le dolió a nadie, por lo visto. Por lo visto, solo importan las heridas cerradas de un bando. Las heridas abiertas, y bien abiertas que siguen, de miles de familias anónimas no cuentan.


Andrea Levy Guevara
Las masas oprimidas transitan un nuevo camino hacia la emancipación. Les guía una nueva figura, una referencia imponderable. Les guía Andrea Levy. Levy, tras una lectura apasionada de La casa de Bernarda Alba, entendió que el mundo en el que vivía estaba regido por unas leyes que oprimían a las mujeres, relegándolas a un rol meramente reproductivo, negándoles cualquier autonomía, negándoles su realización como personas. Entendió, también, que el mundo en el que vivía estaba regido por unas leyes que concentraban el poder y la riqueza, que la concentraban tanto que cada vez había más pobres a la vez que cada vez había menos ricos, pero mucho más ricos. Entendió que siempre hay dos bandos, que debía posicionarse. Debía situarse en el lado correcto de la historia. El lado correcto nunca puede ser el de los pringaos, pensó. Se hizo del Partido Popular, que era el bando ganador. Hizo carrera, llegó bien alto. Llegó tan alto que era asidua en la prensa, tanto por el cargo como por sus gustos literarios. Y buscó el titular. Y lo encontró.


Melchor, Gaspar y Baltasar
Era agosto. Nadie se lo esperaba. De los tres, uno estaba dispuesto a llamar la atención. Era agosto. El mes perfecto. Por favor, hacedme caso, repetía Gaspar desde 1988. Aquel Secretario General del Partido Comunista de Asturias aspiraba a más. Siempre aspiró a más, y cuando lo tuvo se le escapó de las manos. Se le escurría como un azucarillo que es disuelto. Como quien disuelve un terrón de azúcar, él lo disolvía todo queriendo. Al final, para endulzar el café y bebérselo al gusto hay que disolverlo. Él seguía, infeliz en su desgracia, reclamando la atención que se merecen los liquidadores que, no habiendo conseguido sus objetivos, no pueden ser llamados traidores.

Epílogo. Segundo aviso
Pensaba dedicar este verano a la vida contemplativa, a los vermús, a la lectura y demás actividades ociosas, pero no. El festival del ridículo no cesa. Sirva este post como segundo aviso y definitivo. Si el ridículo no cesa me veré obligado a rendirme y dejar de escribir estas crónicas desesperadas.

Engels contra los magufos. Las ciencias naturales en el mundo de los espíritus.


Hace unos días encontré en una librería una edición de 2017 (AKAL) de Dialéctica de la Naturaleza, obra póstuma de Friedrich Engels. Esta obra, que Engels sólo pudo ver en sus manuscritos, pretendía ser una obra divulgativa sobre la concepción dialéctica de la materia, una especie de compendio que explicara la base científica de la propuesta socialista que elaboró junto a su colega Karl Marx. Hay un capítulo que, aunque no pueda parecer trascendental, me ha parecido destacable. Al intentar compartirlo en las redes he comprobado que ni el capítulo ni el libro estaba en ninguna de las bibliotecas virtuales que recogen multitud de textos marxistas en texto plano, sino que estaban en PDF o .doc. Las ediciones que he podido contrastar no muestran la edición en la que se basan, y son manifiestamente mejorables. Tan mejorables que les falta el apartado de las referencias, por lo que la persona que lo lea verá unas referencias sin poder acceder a ellas, ni comprender el texto en su plenitud. Dicho esto, os dejo con el capítulo en el que Engels critica el espiritualismo, el hipnotismo, y una serie de pseudociencias vivas en nuestros días.

PD: en breves iré incorporando las referencias, a partir de la última edición.



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LAS CIENCIAS NATURALES EN EL MUNDO DE LOS ESPIRITUS 1



Los extremos se tocan, reza un viejo dicho de la sabiduría popular, impregnado de dialéctica. Difícilmente nos equivocaremos, pues, si buscamos el grado más alto de la quimera, la credulidad y la superstición, no precisamente en la tendencia de las ciencias naturales que, como la filosofía alemana de la naturaleza, trata de encuadrar a la fuerza el mundo objetivo en los marcos de su pensamiento subjetivo, sino, por el contrario, en la tendencia opuesta, que, haciendo hincapié en la simple experiencia, trata al pensamiento con soberano desprecio y llega realmente más allá que ninguna otra en la ausencia de pensamiento. Es esta la escuela que reina en Inglaterra. Ya su progenitor, el tan ensalzado Francis Bacon, preconizaba el manejo de su nuevo método empírico, inductivo, mediante el cual se lograría, ante todo, según él, prolongar la vida, rejuvenecerse hasta cierto punto, cambiar la estatura y los rasgos fisionómicos, convertir unos cuerpos en otros, crear nuevas especies y llegar a dominar la atmósfera y provocar tormentas; Bacon se lamenta del abandono en que ha caído esta clase de investigaciones y en su historia natural ofrece recetas formales para fabricar oro y producir diversos milagros. También Isaac Newton, en los últimos días de su vida, se ocupó mucho de interpretar la revelación de San Juan. No tiene, pues, nada de extraño que, en los últimos años, el empirismo inglés, en la persona de algunos de sus representantes -que no son, por cierto, los peores- parezca entregarse irremediablemente al espiritismo y a las creencias en los espíritus, importadas de Norteamérica.

El primer naturalista a que hemos de referirnos en relación con esto es el zoólogo y botánico Alfred Russel Wallace, investigador cargado de méritos en su espccialidad, el mismo que, simultáneamente con Darwin, formuló la teoría de la modificación de las especies por la vía de la selección natural. En su librito titulado On Miracles and Modern Spiritualism ["Sobre los milagros y el moderno espiritualismo"], Londres, Burns,2 1875, cuenta que sus primeras experiencias en esta rama del estudio de la naturaleza datan de 1844, año en que asistió a las lecciones del señor Spencer Hall sobre mesmerismo, que le movieron a realizar experimentos parecidos sobre sus propios discípulos.  "El  asunto  me  interesó  extraordinariamente y  me  entregué  a  Ã©l  con pasión  (ardour)"  [pág. 119].  Además  de provocar en sus experimentos el sueño magnético y los fenómenos de la rigidez de los miembros y la insensibilidad local, corroboró la exactitud del mapa frenológico, al provocar, por el contacto con cualquiera de los órganos de Gall, la actividad correspondiente en el paciente magnetizado, que éste confirmaba mediante los gestos vivos que se le prescribían. Y comprobó, asimismo, cómo el paciente, por medio de los contactos adecuados, compartía todas las reacciones sensoriales del operador; se le emborrachaba con un vaso de agua, simplemente al asegurarle que lo que bebía era coñac. Logró, incluso, atontar hasta tal punto, sin dormirlo, a uno de los muchachos, que éste no supo siquiera decirle su nombre, cosa que, por lo demás, también consiguen otros maestros de escuela sin necesidad de recurrir al mesmerismo. Y por ahí adelante.

En el invierno de 1843-44 tuve yo ocasión de ver en Manchester a este mismo Spencer Hall. Era un charlatán vulgar que, protegido por algunos curas, recorría el país, haciendo exhibiciones magnético-frenológicas sobre una muchacha, con objeto de probar la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la insostenibilidad del materialismo, que en aquel tiempo predicaban los owenistas en todas las grandes ciudades de Inglaterra. La señorita que le servía de médium, sumida en sueno magnético, prorrumpía, cuando el operador tocaba en su cabeza cualquiera de las zonas frenológicas de Gall, en gestos y actitudes teatralmente demostrativos, que correspondían a la actividad del órgano respectivo; por ejemplo, al tocarle el órgano del amor por los niños (philoprogenitiveness) acariciaba y besaba a un bebé imaginario, etc. El buen Spencer Hall, en sus exhibiciones, había enriquecido la geografía frenológica de Gall con una nueva ínsula Barataria:3 en efecto, en la parte superior del cráneo había descubierto el órgano de la oración, al. tocar el cual el médium se hincaba de rodillas, cruzaba las manos y se convertía, ante los ojos atónitos de la concurrencia, en un ángel en oración extática. Este número era el final y el punto culminante de la representación. Quedaba probada de este modo la existencia de Dios.

A un amigo mío y a mí nos sucedió algo parecido de lo que le había ocurrido al señor Wallace: aquellos fenómenos nos interesaron y tratamos de ver si éramos capaces de reproducirlos. Se nos brindó como médium un muchachito muy listo de unos doce años. No nos fue difícil provocar en él el estado hipnótico, mirándole fijamente a los ojos o pasándole la mano por la cabeza. Pero, como nosotros éramos algo menos crédulos que el señor Wallace y nos entregábamos a la obra con menos ardor que él, obteníamos resultados completamente distintos de los suyos. Aparte de la rigidez muscular y la insensibilidad, fáciles de conseguir, encontramos un estado de inhibición total de la voluntad, unido a una peculiar sobreexcitación de las sensaciones. El paciente, arrancado a su letargo por cualquier estímulo externo, acreditaba una vivacidad mucho mayor que estando despierto. No se manifestaba ni el menor atisbo de relaciones misteriosas con el operador; cualquier otra persona podía hacer entrar al sujeto en actividad tan fácilmente como nosotros. El poder de excitar los órganos frenológicos de Gall era para nosotros lo menos importante de todo; fuimos mucho más allá: no sólo logramos trocarlos y desplazarlos a lo largo de todo el cuerpo, sino que fabricamos, además, a nuestro antojo, toda otra serie de órganos, órganos de cantar, de silbar, de tocar la bocina, de bailar, de boxear, de coser, de hacer movimientos de zapatero, de fumar, etc., situándolos en la parte del cuerpo que queríamos. Y si Wallace emborrachaba a su paciente con agua nosotros descubrimos en su dedo gordo un órgano de embriaguez, bastando con que lo tocásemos con la mano para poner en acción el más lindo simulacro de borrachera. Pero bien entendido que ningún órgano mostraba señales de vida hasta que se le daba a entender al paciente lo que de él se esperaba; y, a fuerza de práctica, el muchacho adquirió tal perfección en estos manejos, que bastaba con la más leve insinuación. Los órganos creados de este modo permanecían en vigor para posteriores catalepsias, mientras no fuesen modificados por la misma vía. El paciente se hallaba dotado de una doble memoria, una que funcionaba estando despierto y la otra, muy especial, que entraba en acción cuando el sujeto se hallaba en estado hipnótico. En cuanto a la pasividad volitiva, a la sumisión absoluta del paciente a la voluntad de un tercero, perdía toda apariencia mágica mientras no olvidásemos que todo el estado comenzaba con la sumisión de la voluntad del paciente a la del operador y que no podía provocarse sin ésta. El más portentoso hipnotizador del mundo queda en ridículo tan pronto como su paciente se ríe en su cara.

Mientras que nosotros, con nuestro frívolo escepticismo, descubríamos como base de la charlatanería magnético-frenológica una serie de fenómenos la mayoría de los cuales sólo se diferenciaban en cuanto al grado de los que se dan en estado de vigilia, sin que se necesite recurrir, para explicarlos, a ninguna interpretación mística, la pasión (ardour) con que operaba el señor Wallace le llevaba a una serie de. ilusiones engañosas que le permitían confirmar en todos sus detalles el mapa frenológico de Gall  y  encontrar  una  relación  misteriosa  entre  el  operador  y  el paciente.* En todo el relato del señor Wallace, cuya sinceridad raya en el candor, se trasluce que lo que a él le importaba no era tanto, ni mucho menos, descubrir el fondo real de la charlatanería como reproducir a todo trance los mismos fenómenos. Y basta con mostrar este mismo estado de ánimo para convertir en poquísimo tiempo al investigador neófito, por medio de las más simples y fáciles ilusiones engañosas, en un adepto. El señor Wallace acabó profesando sinceramente la fe en los misterios magnético-frenológicos, lo que le llevaba a pisar con un pie en el mundo de los espíritus.

El otro pie se movió en la misma dirección en 1865. Al volver de sus doce años de viajes por la zona tórrida, el señor Wallace se dedicó a experimentos de espiritismo, que le pusieron en relación con diferentes "médiums". La obrilla suya que hemos citado revela cuán rápidos fueron sus progresos en este terreno y cómo llegó a dominar por completo el asunto. No sólo trata de convencernos de que tomemos por moneda de buena ley todos los supuestos portentos de los Home, los hermanos Davenport y demás "médiums" que muestran sus artes más o menos por dinero y que en su mayoría han sido desenmascarados muchas veces como unos tramposos, sino que nos cuenta, además, toda una serie de historias de espíritus del remoto pasado, que él considera acreditadas como ciertas. Las pitonisas del oráculo griego y las brujas de la Edad Media eran, según él, "médiums", y la obra de Yámblico De divinatione ["Sobre la adivinación"] describe ya con toda precisión, a su juicio, "los más asombrosos fenómenos del espiritualismo moderno" [página 229].

Pondremos solamente un ejemplo para que se vea con cuánta credulidad admite el señor Wallace la confirmación científica de estos portentos. No cabe duda de que es muy fuerte pedirnos que creamos en la posibilidad de que los supuestos espíritus se dejen fotografiar y, puestos en este camino, tenemos, indudablemente, derecho a exigir que tales pretendidas fotografías de espíritus sean investigadas del modo más fidedigno, antes de ser reconocidas como auténticas. Pues bien, en la pág. 187 de su obra cuenta el señor Wallace que en marzo de 1872 una señora Guppy, cuyo nombre de familia era Nicholls, una médium muy conocida, se hizo fotografiar en Notting Hill,4 en casa del señor Hudson, en unión de su esposo y de su niño,  y en ambas  fotografías  aparece  detrás de ella  una  alta

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* Como ya hemos dicho, los pacientes van adquiriendo mayor perfección con la práctica. Cabe, pues, la posibilidad de que, al hacerse habitual la sumisión de la voluntad y cobrar mayor intimidad la relación entre las dos partes, se potencien algunos de los fenómenos y se manifiesten de modo reflejo incluso estando el paciente despierto. [Nota de Engels.]
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figura de mujer delicadamente (finely) envuelta en gasa blanca, con rasgos un poco orientales y en actitud de bendecir. "Una de dos cosas son, aquí, absolutamente ciertas.* O se acusa la presencia de un ser vivo e inteligente, o el señor y la señora Guppy, el fotógrafo y una cuarta persona han urdido un vil (wicked) fraude, sin desdecirse de él desde entonces. Pero yo conozco muy bien al señor y a la señora Guppy y tengo la convicción absoluta de que son tan incapaces de un fraude de esta naturaleza como en el campo de las ciencias naturales podría serlo cualquier serio investigador de la verdad" [página 188].

Por tanto, una de dos: o fraude o fotografía de un espíritu. De acuerdo. Y, en caso de fraude, o el espíritu figuraba ya previamente en la placa fotográfica o tienen que haberse confabulado, para urdirlo, cuatro personas, o bien tres, si dejamos a un lado, por no estar ya en su sano juicio o por ser víctimas de un engaño, al viejo señor Guppy, que murió tres años más tarde, en enero de 1875, a los 84 años de edad (bastaba con haberlo mandado colocarse detrás del biombo que aparece al fondo). No hace falta perder muchas palabras en demostrar que cualquier fotógrafo podía, sin dificultad, procurarse un "modelo" para hacer de espíritu. Y se da, además, el caso de que, poco después, el fotógrafo Hudson fue públicamente denunciado como falsificador habitual de fotografías de espíritus, lo que lleva al señor Wallace a añadir, a manera de reserva: "De lo que no cabe duda es que, de existir un fraude, inmediatamente habría sido descubierto por los espiritualistas" [pág. 189]. Como vemos, el fotógrafo no inspira gran confianza. Queda la señora Guppy, en favor de la cual habla "el convencimiento absoluto" de su amigo Wallace, pero nada más. -¿Nada más? En modo alguno. En favor de la absoluta confianza que la señora Guppy inspira habla su propia afirmación de que un día de junio de 1871, al anochecer, fue transportada por los aires en estado inconsciente desde su casa en Higbury Hill Park hasta el núm. 69 de la Lambs Conduit Street -tres millas inglesas en línea recta- y depositada sobre una mesa, en medio de una reunión de espiritistas, al llegar a dicha casa, en el número 69. Las puertas de la sala estaban cerradas y, a pesar de que la señora Guppy era una de las damas más obesas de Londres, que ya es decir,  su súbita irrupción en la sala no abrió ningún boquete

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* "Here, then, one of two things are absolutaly certain." El mundo de los espíritus está por encima de las leyes de la gramática. Un bromista citó en una sesión de espiritismo al espíritu del gramático Lindley Murray. Al preguntársele si estaba allí, contestó: "I are" (giro norteamericano. en lugar de "I am").5 Y es que el médium era de los Estados Unidos. [Nota de Engels.]

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visible ni en las puertas ni en el techo (todo lo cual aparece relatado en el Echo de Londres, número de 8 de julio de 1871). Quien, a la vista de tales detalles, no crea en la autenticidad de la fotografía espiritista de que hemos hablado, es un incrédulo incorregible.

El segundo notable adepto, entre los naturalistas ingleses, es el señor William Crookes, el descubridor del elemento químico llamado talio e inventor del radiómetro (que los alemanos llaman molido de luz).6 El señor Crookes comenzó a investigar las manifestaciones espiritistas hacia el año 1871, empleando para ello toda una serie de aparatos físicos y mecánicos, balanzas de resorte, baterías eléctricas, etc. Enseguida veremos si contaba, además, para estos experimentos con el aparato más importante de todos, que es una cabeza escéptica y crítica y si supo conservarlo hasta el final en estado de funcionamiento. Desde luego, podemos asegurar que el señor Crooks ha dado pruebas de hallarse prisionero de las mismas engañosas ilusiones que el señor Wallace. "Hace algunos años -cuenta éste- que una joven señorita llamada Florence Cook viene revelando notables aptitudes como médium; no hace mucho, estas aptitudes llegaron a su punto culminante, al producir una figura completa de mujer que asegura tener un origen espiritista y que se presentó descalza y envuelta en una túnica blanca flotante, mientras la médium yacía en un cuarto (cabinet) o sala adyacente, con las cortinas echadas, atada y sumida en profundo sueño".7 Este espíritu, que se hacía llamar Katey y que se parecía extraordinariamente a la señorita Cook, fue tomado y retenido una noche, repentinamente, del talle por el señor Volckman -el actual esposo de la señora Guppy- para comprobar si no se trataba de otra edición de la señorita Cook. El espíritu se comportó como una dama recia y vigorosa, se defendió con todas sus fuerzas, los circunstantes intervinieron en la refriega, alguien apagó el gas y, al restablecerse la paz tras el tumulto e iluminarse de nuevo la sala, el espíritu se había esfumado y la señorita Cook aparecía tendida en su rincón, atada e inconsciente. Parece que el señor Volckman jura y perjura todavía hoy que tuvo entre sus brazos a la señorita Cook, y a nadie más. Para cerciorarse científicamente de ello, un famoso especialista en electricidad, el señor Varley, comunicó por medio de una batería una corriente eléctrica a la médium, señorita Cook, de modo que ésta no pudiese hacerse pasar por el espíritu sin que la corriente se interrumpiera. A pesar de lo cual, el espíritu compareció. Se trataba, pues, efectivamente, de un ser distinto de la señorita Cook. De confirmar esto con nuevas pruebas se encargó el señor Crookes. Su primer paso consistió en ganarse la confianza de la dama conductora de espíritus. Esta confianza -nos cuenta él mismo en el Spiritualist de 5 de junio de 1874-  "fue creciendo poco a poco hasta el punto de negarse a participar en ninguna sesión a menos que yo dirigiese los arreglos necesarios. Dijo que necesitaba tenerme siempre a mí cerca de ella y de su gabinete; yo, por mi parte, me di cuenta de que, una vez ganada y asegurada esta confianza, no faltaría a ninguna de las promesas que le hiciera; los fenómenos fueron ganando, así, en intensidad y se obtenían por libre consentimiento medios probatorios que por otro conducto habrían sido inasequibles. Ella me consultaba frecuentemente con respecto a las personas presentes en las sesiones y acerca de los lugares que se les debía asignar, pues últimamente se había vuelto muy nerviosa (nervous) a consecuencia de ciertas alusiones inoportunas en el sentido de que, junto a otros métodos de investigación más científicos, debía recurrirse también a la violencia".8

La señorita espiritista no defraudó en lo más mínimo esta confianza tan afectuosa como científica depositada en ella. Incluso llegó a presentarse -lo que ahora ya no puede asombrarnos- en la casa del señor Crookes, se puso a jugar con sus niños y les contó "anécdotas de sus aventuras en la India", relató al señor Crookes "algunas de las amargas experiencias de su pasado",9 hizo que la tomase en sus brazos para convencerse de su recia materialidad, le pidió que contara sus pulsaciones y respiraciones al minuto y, por último, se hizo fotografiar al lado del dueño de la casa. "Después de haber sido vista, tocada, fotografiada y escuchada en conversación con ella, esta figura -dice el señor Wallace- desapareció en absoluto de un pequeño cuarto cuya única salida era una sala contigua, llena de espectadores" [pág. 183], lo que no representaba una gran hazaña, siempre y cuando que los tales espectadores fuesen lo bastante corteses para demostrar al señor Crookes, en cuya casa sucedía todo esto, la misma confianza que él había depositado en el espíritu.

Desgraciadamente, ni los mismos espiritualistas pueden prestarse a creer sin más, a pies juntillas, estas "experiencias plenamente demostradas. Ya hemos visto más arriba cómo el muy espiritualista señor Volckman se permitió asirse de una prueba muy tangible. Y he aquí, ahora, que un clérigo, miembro del comité de la Asociación nacional británica de espiritualistas, ha asistido también a una sesión de la señorita Cook, pudiendo comprobar sin dificultad que el cuarto por el que entró y desapareció el espíritu se comunicaba con el mundo exterior por una segunda puerta. Y añade que el modo de comportarse el señor Crooke, presente también en la sesión, "descargó el golpe de muerte sobre mi creencia de que pudiera haber algo en estas manifestaciones" (Mystic London, by the Rev. C. Maurice Davies, Londres, Tinsley Brothers).10 Por si esto no fuera bastante, se puso al descubierto en los Estados Unidos cómo se "materializaba" a "Katey". Un matrimonio de nombre Holmes dio en Filadelfia una serie de representaciones, en las que salía a escena también una "Katey" a la que los creyentes obsequiaban con numerosos regalos. Hubo, sin embargo, un escéptico que no descansó hasta cerciorarse de quién era la tal Katey, la cual, por lo demás, se había puesto en huelga más de una vez por falta de pago. Tras diversas averiguaciones, la localizó en una boarding house (casa de huéspedes), donde se alojaba como una señorita tangible, de carne y hueso, en posesión de todas las ofrendas hechas al espíritu.

Pero también el continente estaba llamado a vivir su historia científica espiritista. Una institución científica de San Petersburgo -no sé exactamente si la Universidad o incluso la Academia de Ciencias delegó en dos señores, el consejero de Estado Aksákov y el químico Bútlerov, para que indagasen los fenómenos del espiritismo, sin que, al parecer, sacasen gran cosa en limpio.11 Y en la actualidad -si hemos de creer en lo que públicamente anuncian los espiritistas-, también Alemania ha suministrado a estos asuntos un hombre de ciencia, en la persona del señor profesor Zóllner, de Leipzig.

Sabemos que el señor Zöllner viene trabajando desde hace años en la "cuarta dimensión" del espacio, habiendo descubierto que muchas cosas que son imposibles en un espacio tridimensional se comprenden por sí mismas en el espacio de cuatro dimensiones. Así, por ejemplo, en este espacio se puede dar la vuelta como a un guante a una esfera de metal sin hacerle ningún agujero, practicar un nudo con una cuerda que no tenga cabos o se halle atada en sus dos extremos, enlazar dos anillos cerrados sin romper ninguno de ellos y qué sé yo cuántos portentos más por el estilo. Se dice que, habiéndose conocido nuevos relatos victoriosos acerca del mundo de los espíritus, el señor profesor Zöllner se puso en contacto con uno o varios médiums, con objeto de localizar con su ayuda el lugar preciso de la cuarta dimensión. El éxito obtenido fue, al parecer, sorprendente. El respaldo de la silla en que el profesor tenía apoyado el brazo, con la mano constantemente puesta sobre la mesa, apareció, después de la sesión, según se asegura, entrelazado con el brazo; una cuerda sellada por las dos puntas sobre la mesa presentaba cuatro nudos, etc. En una palabra, los espíritus realizaron como jugando todos los milagros de la cuarta dimensión. Relata refero,12 naturalmente; me limito a contar lo que he leído, sin responder de la veracidad de estos boletines del mundo de los espíritus, y,  si en  ellos se contuvieran  falsedades,  debiera el señor Zöllner agradecerme que le deparara la ocasión de rectificarlas. Claro está que si, por el contrario, estos boletines reprodujesen verídicamente las experiencias del profesor Zöllner abrirían, indudablemente, una nueva era tanto en la ciencia espiritista como en las matemáticas. Los espíritus prueban la existencia de la cuarta dimensión, lo mismo que ésta aboga por la existencia de los espíritus. Una vez que se ha sentado esta premisa, se abre ante la ciencia un campo totalmente nuevo e inmenso. Todas las matemáticas y las ciencias naturales anteriores pasan a ser simplemente una escuela preparatria para las matemáticas de la cuarta dimensión y de otras dimensiones superiores y para la mecánica, la física, la química y la fisiología de los espíritus que moran en estos espacios multidimensionales. No en vano el señor Crookes ha establecido científicamente la pérdida de peso que experimentan las mesas y otros muebles al pasar -pues ya creemos que vale expresarse así- a la cuarta dimensión, y el señor Wallace da por sentado que allí el fuego no hace la menor mella en el cuerpo del hombre. ¡Y no digamos, la fisiología de estos cuerpos espiritistas! Sabemos que respiran, que tienen pulsaciones y, por consiguiente, pulmones, corazón y aparato circulatorio, hallándose con seguridad, por lo menos, tan bien provistos como nosotros en lo que a los restantes órganos físicos se refiere. En efecto, para poder respirar hacen falta hidrocarburos, quemados en los pulmones y que sólo pueden provenir de fuera: hacen falta, por tanto, estómago, intestinos y demás aditamentos, y, demostrada la existencia de esto, lo demás se deriva sin dificultad. Ahora bien, la existencia de tales órganos implica la posibilidad de que se enfermen, lo que puede colocar al señor Virchow en el trance de tener que escribir una patología celular del mundo de los espíritus. Como la mayoría de los tales espíritus son señoritas maravillosamente bellas, que en nada, lo que se dice en nada, se distinguen de las damas de carne y hueso que andan por las calles como no sea por su belleza supraterrenal, se comprende que no pueda pasar mucho tiempo antes de que tropiecen con "hombres en quienes enciendan el amor";13 y puesto que, como el señor Crooke ha comprobado por las pulsaciones, palpita en ellas "el corazón femenino", tenemos que también ante la selección natural se abre una cuarta dimensión, en la cual no tiene ya por qué temer que se la confunda con la maligna social-democracia .14

Pero, basta. Creemos que a la luz de lo que queda dicho se revela de un modo bien tangible cuál es el camino más seguro que conduce de las ciencias naturales al misticismo. No es el de la enmarañada teoría de la filosofía de la naturaleza, sino el del más trivial empirismo,  que desprecia todo lo que sea teoría y desconfía de todo lo que sea pensamiento. No es la necesidad apriorística la que pretende probar la existencia de los espíritus, sino que son las observaciones empíricas de los señores Wallace, Crookes y Cía. Si damos crédito a las observaciones realizadas por Crooke mediante el análisis espectroscópico y que le llevaron al descubrimiento del metal llamado talio o a los abundantes descubrimientos zoológicos llevados a cabo por Wallace en el archipiélago malayo, se nos exige que depositemos la misma fe en las experiencias y los descubrimientos espiritistas de ambos investigadores. Y cuando contestamos a esto que existe una pequeña diferencia, a saber: la de que los primeros podemos comprobarlos y los segundos no, los visionarios nos replican que estamos equivocados y que no tienen inconveniente en ayudarnos a comprobar también, experimentalmente, los fenómenos espiritistas.

En realidad, nadie puede despreciar impunemente a la dialéctica. Por mucho desdén que se sienta por todo lo que sea pensamiento teórico, no es posible, sin recurrir a él, relacionar entre sí dos hechos naturales o penetrar en la relación que entre ellos existe. Lo único que cabe preguntarse es si se piensa acertadamente o no, y no cabe duda de que el desdén por la teoría constituye el camino más seguro para pensar de un modo naturalista y, por tanto, falso. Y el pensamiento falso, cuando se le lleva a sus últimas consecuencias, conduce generalmente; según una ley dialéctica ya de antiguo conocida, a lo contrario de su punto de partida. Por donde el desprecio empírico por la dialéctica acarrea el castigo de arrastrar a algunos de los más fríos empíricos a la más necia de todas las supersticiones, al moderno espiritismo.

Otro tanto ocurre con las matemáticas. Los matemáticos metafísicos usuales se jactan con gran orgullo de que los resultados de su ciencia son absolutamente inconmovibles. Pero entre estos resultados figuran también las magnitudes imaginarias, dotadas, por tanto, de una cierta realidad. Y cuando uno se acostumbra a atribuir a /-1 o a la cuarta dimensión una cierta realidad fuera de nuestra cabeza, ya no importa dar un paso más y aceptar también el mundo espiritista de los médiums. Ocurre como Ketteler decía de Döllinger: "Este hombre ha defendido en su vida tantos absurdos, que bien puede defender uno más, el de la infalibilidad."15

En realidad, el simple empirismo es incapaz de hacer frente a los espiritistas y refutarlos. En primer lugar, porque los fenómenos "superiores" no aparecen sino cuando el "investigador" en cuestión se halla tan obnubilado, que sólo ve lo que debe o quiere ver, como el propio  Crookes lo describe,  con un candor tan inimitable.  Y, en segundo lugar, porque a los espiritistas les tiene sin cuidado el que cientos de supuestos hechos resulten ser un fraude y docenas de supuestos médiums sean desenmascarados como vulgares estafadores. Mientras no se hayan descartado, uno por uno, todos los supuestos portentos, siempre les quedará terreno bastante donde pisar, como claramente nos lo dice Wallace, con motivo de las fotografías de espíritus falsificadas. La existencia de falsificaciones no hace más que probar la autenticidad de las verdaderas.


De este modo, el empirismo se ve obligado a rechazar con reflexiones teóricas la pegajosa insistencia de los visionarios, ya que los experimentos empíricos no bastan, y a decir, con Huxley: "Lo único bueno que, a mi juicio, podría ponerse de manifiesto, al demostrar la verdad del espiritualismo, sería el suministrar un nuevo argumento en contra del suicidio. ¡Antes vivir como un barrendero que decir necedades desde el reino de los muertos por boca de un médium que se alquila a razón de veinte chelines por sesión."16

martes, 8 de agosto de 2017

El verano del ridículo


Esta imagen no tiene nada que ver con el contenido del post


El verano suele ser esa época del año en el que los temas triviales como los cortes de digestión, las medusas, los sucesos y los asuntos sin importancia centran los informativos, las tertulias televisivas y las charlas de sobremesa. Este verano está siendo diferente. Este verano se está caracterizando por ser un festival del ridículo. Un festival en el que la prensa, los tertulianos de siempre, algunos políticos y algún cantante se dejan la piel en hacer el ridículo.


Hordas abertzales atacan a turistas

Sí, Barcelona se ha sumido en el reino del caos y el terror. Hordas de chavales abertzales, con la ayuda de Ada Colau, han impuesto un régimen del terror contra el turismo. Queman autobuses, lanzan bengalas, asaltan yates, restaurantes. Su ansia de violencia no tiene fin. Todo por su odio a los turistas. Pobres turistas. Los medios no mienten. Los tertulianos son los guardianes de la verdad, y la verdad es que por culpa de esos ataques no vendrán turistas. Todo por culpa del independentismo, y de Colau, que siempre está ahí, sembrando la semilla del mal por la capital catalana. Que el turismo se haya convertido en una burbuja, y que por culpa de una masificación enfermiza, y de los bajos salarios en el sector de la hostelería y la restauración, pueda explotar en cualquier momento es harina de otro costal.


España y Ada Colau contra el aeropuerto internacional de la Cataluña post-autonómica y pre-independiente

El Prat, ese conocido aeropuerto que para mucha gente da nombre a la ciudad que lo acoge, está en el colapso absoluto. Todo por culpa de unos trabajadores que, a las órdenes de España y de Ada Colau, están en huelga justo en agosto. ¡En agosto! Fastidiando las vacaciones de miles de familias de todo el mundo. No tenían otro mes para hacer huelga, no. Todo por culpa de España. Sí, de España. Qué casualidad que el único aeropuerto en el que hacen huelga sea el de Cataluña. Sí, el de la Cataluña post-autonómica, que camina en el tránsito de la pre-independencia. Y Colau seguro que tiene parte de culpa también. Seguro que la alcaldesa de Barcelona tiene algo que ver en el aeropuerto de El Prat. Al final, le iban a llamar Barcelona World a un giga-casino de Reus. Que falte personal, y que la mejor táctica para mejorar las condiciones de trabajo sea hacer huelga cuando más jode, es harina de otro costal. Como también lo es que un servicio público subcontrate servicios acaba teniendo consecuencias. Lo es, porque la culpa es de España y de la Colau.


Albano contra el mundo

Colau, en su empeño por sembrar la semilla del mal por todas partes, ha abierto un nuevo episodio de crisis en Podem. Todo empezó con Monedero diciendo tonterías en Canet, y con Albano doblando la apuesta. La dobló y triplicó, hasta el punto que afirmó en El País que Pablo Iglesias le ha había pedido su dimisión. Cuadriplicó la apuesta anunciando a la prensa que quería tender puentes con los mismos que había purgado hacía pocos días. No sabemos cómo acabará este culebrón, pero seguro que Ada Colau tiene parte de culpa. Porque sí.


Venezuela, la Camboya de nuestros días

Todos los días tenemos noticias de la Camboya de nuestros días: Venezuela. Que si en Venezuela esto, que si en Venezuela lo otro. Que si en Venezuela una decena de chalados asaltan un cuartel militar, lo llamamos golpe de Estado. Que si en Venezuela queman gente porque parecer chavista… Seguro que es un montaje del chavismo. Que si en Venezuela el parlamento está en desacato con la justicia, Maduro está quebrando el Estado de derecho.  En Venezuela alguien se tira un pedo y abre todos los telediarios de España. Y para ponerle la guinda al pastel, Miguel Bosé. Miguel Bosé comparando un tataranieto de la sobrina de Simón Bolívar (Leopoldo López) con un chofer de autobús (Nicolás Maduro). Miguel Bosé, comparado con un cono. ¿Quién gana?


Conclusión: descansad y dejad de hacer el ridículo

Toda esta crónica de despropósitos para llegar a una conclusión. Descansad, disfrutad de las vacaciones, y dejad de hacer el ridículo en público. Usad las redes para hablar de series, de películas, del calor que hace, de lo buenos que están los helados del Mercadona, de vuestras lecturas… En un ejercicio de generosidad política dejamos que nos enseñéis vuestras fotos en Vietnam, o donde estéis de vacaciones. Eso sí, no aceptamos dos cosas: que aplaudáis en el avión al aterrizar (como diría la canción de Lendakaris Muertos) y que hagáis el ridículo. 


domingo, 30 de julio de 2017

Mariscal, Gaugin y la Merche






El 17 de julio se realizó la presentación del cartel de las fiestas de la Mercè de Barcelona. El cartel de las fiestas de este año, diseñado por Mariscal –ese personaje-, representa a una chica con el pelo fucsia, una antena en la coronilla, el metro como pendientes, la estatua de Colón tatuada en el antebrazo y un móvil con una serie de pictogramas carentes de sentido. Lo preocupante no es el horror de cartel que se presenta este año, sino su trasfondo y la intencionalidad.

Mariscal, según El Periódico, definió a su protagonista como "una chica de barrio muy guapa y muy contenta de ser de Barcelona". El teniendo de alcalde de Cultura y líder socialista capitalino, Jaume Collboni, dijo que “por su cara, podría ser una chica de Nou Barris”. Viva el estereotipo. Tanto Mariscal como Collboni proyectan la imagen de una chica de Nou Barris como algo exótico, como algo que les parece curioso y que deben exponer, de la misma forma que se expone lo anómalo, pero normalizable. Les faltaba decir algo así como “la Merche es la Belén Esteban de Barcelona, una mezcla de rumba catalana y programas del corazón” o algo parecido a “la Merche es una madre coraje, a la que le falta algún diente, tiende la ropa en la ventana y compra pescado congelado en oferta”.

El cartel, sus declaraciones, me han recordado a Gaugin pintando aborígenes, pintando una realidad exótica y pura a sus ojos. Me ha recordado a todas esas veces en las que intelectuales, políticos, periodistas, en definitiva profesionales de lo suyo, se adentran en los mundos de la clase obrera, en una excursión dedicada a resaltar elementos estéticos que definen una cultura que no es creada de forma libre, sino que es impuesta. Se dedican a resaltar la ropa tendida en los balcones, las dentaduras melladas y la chabacanería como si fueran el resultado de una construcción cultural autónoma. Se dedican a imaginar un universo estético para glorificar una precariedad en la que nadie quiere vivir. Se dedican a narrar e ilustrar una realidad con una actitud colonizadora, con la actitud de quien necesita un espacio puro por primitivo. 

jueves, 27 de abril de 2017

Las cenizas de Gramsci. Pier Paolo Pasolini



Poema de 1954.
Transcrito de la edición de Visor Libros, 2009.
Edición, Traducción y Prólogo de Stéphanie Ameri y Juan Carlos Abril. 



I

No es mayo este aire impuro
que al oscuro jardín extranjero
hace aún más oscuro o lo deslumbra


con ciegas claridades... de babas
este ciclo sobre los áticos amarillos
que en semicírculos inmesos velan


las curvas del Tíber, los azules
montes del Lacio... Una paz mortal difunde,
desmorada como nuestros destinos,

este mayo otoñal entre las viejas
murallas. Se halla en él la grisura
del mundo, el final del decenio en que nos aparece

acabado entre los escombros el profundo
e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida;
el silencio, infecundo y podrido...

Tú joven, en aquel mayo en que el error
era aún vida, en aquel mayo italiano
que añadía a la vida por lo menos

ardor, al menos alocado e impuramente sano
de nuestros padres - nunca padre
sino humilde hermano – ya con tu mano delgada

delineabas el ideal que ilumina
(pero no para nosotros: tú, muerto, y nosotros
muertos igual, contigo en el jardín

húmedo) este silencio. No puedes
¿ves?, sino descansar en este extraño
sitio aún confinado. Tedio

patricio a tu alrededor. Y desteñido,
sólo te llega algún golpe de yunque
de los taller de Testaccio1, atenuado

por el atardecer: entre tejados míseros,
desnudos montones de hojalata, chatarra,
donde cantando vicioso un aprendiz cierra

ya el día, mientras alrededor escampa.


II

Entre los dos mundos, la tregua en la que no somos.
Elecciones, entregas... otro sonido ya
no tienen sino éste del jardín triste

y noble en que el engaño obstinado
que suavizaba la vida se queda en la muerte.
En los círculos de los sarcófago no hacen

sino mostrar la suerte superviviente
de gente laica las laicas inscripciones
en estas grises piedras, cortas

e imponentes. Aún de pasiones
desenfrenadas arden sin escándalo
los huesos de los millonarios de naciones

más grandes; zumban, casi nunca desaparecidas,
las ironías de los príncipes, de los pederastas
cuyos cuerpos están en las urnas dispersas

incinerados y todavía no castos.
Aquí el silencio de la muerte es fe
de un silencio civil de hombres que se han quedado

hombres, de un tedio que en el tedio
del Parque muda discreto: y la ciudad,
que indiferente lo confina en medio

de tugurios y de iglesias, impía en su piedad
pierde ahí su esplendor. Su tierra
feraz de ortigas y legumbres

de estos escuálidos cipreses, esta humedad
negra que mancha los muros en torno
a pálidos garabatos de boj,

que la tarde al serenarse apaga
en desnudos olores de alga... esta yerbecilla
mísera e inodora, donde violeta se desploma

la atmósfera con un escalofrío de menta
o heno podrido, y quieta ahí preludia
con diurna melancolía, la apagada

trepidación de la noche. De clima
rudo, dulcísimo de historia,
entre estos muros es el suelo en que trasuda

otro suelo; esta humedad
que recuerda a otra humedad; y resuenan 
- familiares desde latitutes

y horizontes donde selvas inglesas coronan
en el cielo extraviada lagos, entre praderas
verdes como fosfóricos billares

o como esmeraldas: <<And O ye Fountains...>>-
las piadosas invocaciones...

III

Un trapillo rojo como aquel
enrollado en el cuello de los partisanos
y junto a la urna, en el terreno céreo,

dos geranios diversamente rojos.
Allí estás tú, con dura elegancia no católica
desterrado en una lista entre extranjeros

muertos: Las cenizas de Gramsci... Entre esperanza
y desconfianza vieja me acerco a ti, me lleva
la casualidad por este estrecho sendero

delante de tu tumba, de tu espíritu
permanecido aquí abajo entre estos libres.
(O es algo distinto, acaso más extasiado

e incluso más humilde, ebria simbiosis
de adolescentes de sexo con muerte...)
Y desde este país en el que no tuvo pausa

tu tensión, siento cuánto equívoco -
aquí en la quietud de las tumbas- y al tiempo
cuanta razón -en nuestra inquieta suerte-

tuviste destilando las supremas
páginas en los días de tu asesinato.
He aquí para atestiguar la semilla

del antiguo dominio aún no dispersa,
estos muertos apegados a una posesión
que hunde en los siglos su grandeza

y su abominación: y a la vez obsesivo
ese vibrar de yunques en sordina,
sofocado y afligido -desde el barrio

descuidado- para atestiguar su fin.
Y he aquí a mí mismo... pobre, vestido con la ropa
que los pobres ojean en escaparates

de esplendor tosco, y que ha descarriado
la suciedad de las calles más remotas,
de los asientos de los tranvía, de los que mi día

se extraña: mientras cada vez más escasas
son estas vacaciones mías, en el tormento
de mantenerme en vida; y si se me ocurre

amar el mundo no es más que por violento
e ingenuo amor sensual
así como, confuso adolescente, lo odié

entonces, si en él me hería el mal
burgués de mí mismo, burgués: ¿y ahora
escindido -contigo- el mundo,

no parece objeto de rencor y casi de místico
desprecio, la parte que tiene su poder?
Aun sin tu rigor subsisto

ya que no elijo. Vivo en el no querer
de la posguerra decaída: amando
el mundo que odio -en su miseria

desdeñoso y perdido- por un oscuro
escándalo de la conciencia...



IV

El escándalo de contradecirme, de estar
contigo y contra ti; en el corazón contigo,
en la luz, contra ti en las vísceras oscuras;

a mi traidor estado paterno
-en el pensamiento, en una sombra de acción-
me sé a él apegado en el calor

de los instintos, de la pasión estética;
atraído por una vida proletaria
a ti anterior, es para mí religión

su alegría, no su milenaria lucha:
su naturaleza, no su conciencia;
es la fuerza originaria del hombre

que se ha perdido en el acto
para darle la ebriedad de la nostalgia,
una luz poética: y más no sé decir

yo de esto que no sea justo
sin ser sincero, abstracto amor,
no acongojante simpatía...

Como los pobres pobre, me agarro
como ellos a humillantes esperanzas,
como ellos para vivir combato

cada día... Pero en mi condición
desoladora de desheredado,
algo poseo: y es el más exaltante

de los bienes burgueses, el estado
más absoluto. Pero como yo poseo
la historia, ella me posee y me ilumina:

¿pero para qué sirve la luz?



V

No digo el individuo, el fenómeno
del ardor sensual y sentimental...
tiene otros vicios, otro es el nombre

y la fatalidad de su pecar...
¡Pero en él amasados, cuántos vicios
comunes, prenatales, y cuánto

pecado objetivo! No son inmunes
los internos y externos actos,
que a la vida lo encarnan, de ninguna

de las religiones que en la vida se hallan,
hipoteca de muerte, instituidas
para engañar la luz, para dar luz al engaño.

Destinados a ser sus despojos
enterrados en el Verano2,
católica es su lucha con ellos: jesuíticas

las manías con las que dispone el corazón;
y aún más adentro: tiene astucias bíblicas
su conciencia... e irónico ardor

liberal... y luz tosca entre los disgustos
de dandy provinciano con provinciana
salud... Has las ínfimas minucias

donde se desvanecen, en el fondo animal
Autoridad y Anarquía... Bien protegido
de la impura virtud y del ebrior pecar

defendiendo una ingenuidad de obseso,
¡y con qué conciencia! Vive el yo: yo
vivo eludiendo la vida, con el sentido

en el pecho de una vida que sea olvido
violento, acongojante, Ah, cómo
entiendo, mudo en el rumor encharcado

del viento, aquí donde enmudece Roma
entre los cipreses cansadamente descompuestos,
junto a ti, el alma cuya inscripción dice

Shelley...3 Cómo entiendo el remolino
de los sentimientos, el capricho
(griego en el corazón del patricio,

veraneante nórdico) que le engulló
en el ciego celeste del Tirreno;
la carnal alegría de la aventura

estética y pueril: mientras Italia, postrada
como dentro del viente de una cicala4 enorme
abre de par en par blancos litorales

esparcidos en el Lacio de velados escuadrones
de pinos barrocos, de amarillentos
prados de buena hierba donde duerme,

con el miembro abultado entre los harapos,
un sueño goethiano, el pastorcito joven...
Oscuros, en la Maremma5 de hermosos desagües

de hierba acuática, donde el nogal se dibuja
claro, por las veredas que el boyero
rellena de su juventud ignaro.

Ciegamente fragantes en las secas
curvas de Versilia, que expone sobre el mar
enmarañado, ciego, los tersos estucos,

las ligeras taraceas de su campiña
pascual enteramente humana,
ensombrecida sobre el Cinquale6

desenredada bajo los tórridos Apuanos7
los vítreos azules sobre el rosa... De arrecifes,
derrumbamientos, descompuestos,

como por un pánico de fragancia en la Riviera8
blanda, enhiesta, donde el sol lucha con la brisa
para otorgar suprema suavidad

a los aceites del mar... Y alrededor zumba
de dicha el instrumento exterminado
de percusión del sexo y de la luz:

tan habituada está Italia que no tiembla
por ello, como muerta en su vida: gritan
calientes desde cientos de puertos el nombre

del compañero los jovencitos madorosos
con sus rostros morenos, entre la gente
ribereña, junto a huertos de cardos,

en pestilentes playitas...

¿Me pedirás tú, muerto sin adornos,
que yo abandone esta desesperada
pasión de estar en el mundo?



VI

Me voy de aquí, te dejo en el atardecer
que aunque triste desciende tan dulce
para nosotros, vivos, con la luz cérea

que cuaja por el barrio en penumbra.
Y lo agita. Lo hace más grande, vacío
alrededor y, más lejos, vuelve a encenderlo

de una alocada vida que del ronco
rodar de los tranvías, de los gritos humanos,
dialectales, hace un concierto desvaído

y absoluto. Y sientes, como en aquellos lejanos
seres que en vida gritan, ríen
en sus vehículos, en esos caserones

míseros donde se consume el expansivo
e inflie don de la existencia -
esa vida no es sino un escalofrío;

corpórea presencia colectiva;
sientes la falta de toda religión
verdadera; no vida sino supervivencia

-acaso más alegre que la vida-
igual que un pueblo de animales
en cuyo arcano orgasmo no haya otra pasión

que la del trabajo cotidiano: fervor
humilde al que da un sentido de fiesta
la humilde corrupción. Cuanto más vano

-en este vacío de la historia,
en esta pausa zumbante donde la vida calla-
es cualquier ideal, mejor se manifiesta

la estupenda, adusta sensualidad
alejandrina casi, que todo minia
e impuramente enciende, cuando aquí

en el mundo algo se derrumba, y arrastra
consigo al mundo en la penumbre, regresando
a plazas vacías, a talleres desgraciados...

Ya se encienden las luces constelando
Via Zabaglia, Via Franklin9, el Testaccio
entero, sin adornos entre su grande

y sucio monte, los lungoteveri,
el fondo negro más allá del río que Monteverde10
difumina o amontona invisible sobre el cielo.

Diademas de luces que se pierden
relucientes y fríos de tristeza
casi marina... Queda poco para la cena;

brillan los autobuses escasos del barrio
con racimos de obreros en las puertas,
y sin prisa van grupos de militares

hacia el monte que oculta, en medio de empapados
socavones y secos montones de basura
en la sombra, agazapadas ramerillas

que esperan irascentes sobre la afrodisíaca
sentina: y no muy lejos, entre ilegales
casillas por los márgenes del monte, o en medio

de edificios, casi mundos, unos muchachos
ligeros como trapos juegan en la brisa
ya no fría, primaveral; ardientes

de aturdimiento juvenil su romanesco
atardecer de mayo silban adolescentes oscuros
por las aceras, en la fiesta
vespertina; y los cierres metálicos de las cocheras
crujen de golpe alegremente,
si la oscuridad ha vuelto sereno el atardecer

y entre los plátanos de Piazza Testaccio
el viente que en temblores de tormenta cae
es muy dulce, aunque rasurando las toscas

y las tobas del Matadero, ahí se impregne
de sangre pútrida y por todas partes
agite desperdicios y olor a miseria.

Es un rumor la vida y éstos, perdidos en ella,
serenamente la pierden
si el corazón les llena: aquí

gozan míseros el atardecer: y en ellos
inermes, poderoso para ellos, el mito
renace... Pero yo, con el corazón consciente

de quien sólo en la historia tiene vida,
¿podré alguna vez más esforzarme con pura
pasión, si sé que nuestra historia se ha acabado?

1954

1Barrio romano donde se enconttaba antiguamente el matadero
2Nombre de un famoso cementerio católico romano
3El poeta inglés Percy B. Shelley (1792-1822). Se ahogó durante una tempestad en el mar Tirreno y, como dice el texto, está enterrado en el Cementerio Protestante o de los Ingleses, en el Testaccio. Allí también se encuentra la tumba del poeta Joh Keats (1795-1821).
4Cicala en italiano tiene dos significados: de mar, o sea, cigala, y de tierra, cigarra.
5La Maremma es una comarca de Toscana.
6Monte de los Apeninos
7Alpes Apuanos de Toscana
8 La Riviera es el litoral que se extiende a lo largo del golfo de Génova, desde San Remos hasta La Spezia.
9Nótese que estas dos calles van con mayúsculas, porque al encenderse se han convertido en constelaciones, igual que la Vía Láctea
10Barrio popular romano de la otra ribera del Tíber.