martes, 28 de julio de 2015

No maten a la clase obrera, por favor (I)



Para ajustarlo a la lectura en formato digital publico este artículo de cuatro páginas en dos partes. La segunda parte se publicará mañana

Se ha puesto de moda en la teoría política eliminar a la clase obrera como sujeto de primer orden. Parece ser una condición sine qua non para entrar en el club de lo aceptable. La clase obrera ha muerto, ya no existe. La clase obrera es una construcción ideológica desfasada, superada por la transformación del modelo de producción. El papel predominante de la tecnología, la existencia de nuevas formas de relaciones laborales, y otras innumerables cuestiones, han hecho de la clase obrera una categoría anticuada. El sujeto actual y actualizado es la ciudadanía, para unos, la gente, el pueblo. Impera la elección de sujetos indefinidos, globales. Imperan los sujetos que esconden la complejidad de la composición de la sociedad, que esconden los conflictos existentes o los sitúan en un papel secundario.

Así es, por ejemplo, en el caso de las tesis que postulan algunos dirigentes de Podemos. Su propuesta es la de “construir pueblo”, esto es crear un relato nacional y popular con el que se identifique la mayoría y así poder implementar un programa de cambio político y social. Para rebatir sus tesis me parece imprescindible leer el artículo de Pau Llonch, en el que se desmontan las tesis idealistas de la autonomía de la esfera político-ideológica y del peso del discurso en la creación de realidades. En cierta medida, es cierto que existe una cierta performatividad en el lenguaje, pero no tanto en la dirección lenguaje-realidad-lenguaje, como proponen los acólitos del giro lingüístico, sino en la dirección realidad-lenguaje-realidad. Esto es que desarrollamos la realidad, la explicamos, a partir de un lenguaje que sirve para describir y normativizar. La normativización viene de una realidad existente, y se transforma por lo tanto transformando la apariencia y la sustancia, es decir, desde el cambio de la realidad material y de la realidad ideológica. Lo que no es cierto, y aún menos demostrable, es la independencia de lo ideológico-mental (y el discurso como narración de esa esfera) de lo material.

Lo que tampoco es cierto es que no exista una estructura social que tenga su origen en lo material, en la existencia de unos intereses materiales que sean contradictorios con los de otros grupos, en una sociedad basada en una economía de la competencia. No es cierto que la identidad se base exclusivamente en relatos, o que sea la identidad lo que genere las clases o grupos sociales. Pero más allá de negar esa tesis, que es la base de la negación de la existencia en la actualidad de la clase obrera, para determinar la existencia de clases o su composición hay que hacer una lectura dinámica y dialéctica de realidad, es decir, ver que no es el continente lo que marca una clase social (luego iremos a la etimología de “clase obrera” o “proletariado”), sino que son los intereses materiales lo que la delimita, lo que le da forma y razón de existir. Así pues, si identificamos a la clase obrera como aquella clase que vive de su trabajo dependiendo de la posesión de los medios de producción y distribución de otra persona, si identificamos a esta clase como una clase que vive de su trabajo, si somos capaces de hacer un ejercicio de abstracción podremos definir con mayor exactitud las clases sociales y su papel en la sociedad, y por ende en la política. A simple vista, y siempre y cuando quien lea estas líneas no esté encerrado en el mundo universitario de las ideas y las realidades paralelas, podrá ver que la “clase obrera” existe. Existe, además, teniendo un papel histórico de subalternidad. Lo que le da un papel protagonista en las clases subalternas es su relación directa con el conflicto capital-trabajo, esto es el conflicto que se da entre la creación social de la riqueza y el acaparamiento privado y excluyente de esta, traducida en lo material a la creación de la riqueza por parte de los trabajadores y las trabajadoras y el acaparamiento del propietario de los medios, de la apropiación en pocas manos por lo creado por muchas.

Ahora deteniéndonos en la terminología, podríamos decir que siempre que existan personas que vivan de su trabajo dependiendo de los instrumentos de otro existirá la clase obrera. Así pues “clase obrera” viene a significar “la clase que obra”, que hace, que construye. La “clase trabajadora” vendría a significar lo mismo. Se produce una confusión entre “obrero” y trabajador de la construcción, o entre “clase obrera” y trabajadores de cuello azul. Una confusión con una clara intencionalidad reaccionaria, que esconde un odio hacia la clase obrera y que pretende ahondar en su subalternidad. Por otra parte, un término mucho menos utilizado en la actualidad, pero que contrae un significado mucho más plural, es el “proletariado”. El “proletariado” es una palabra que tiene como raíz “prole” (hijos, descendencia), por lo que “proletariado” vendría a ser aquel grupo social que lo único que tiene para aportar a la sociedad son los hijos, es decir la mano de obra del futuro (en el caso de la Antigua Roma hijos para el ejército). Creo que estos términos se ajustan más a la realidad que algunos nuevos que se crean, como precariado (la precariedad como forma de vida es una constante en la clase obrera).


Otro aspecto que se tiende a enfocar para negar la existencia de la clase obrera es la transformación del espacio de trabajo, del tipo de relaciones contractuales y laborales, del tipo de centro de trabajo, etcétera. Desgraciadamente, la academia está llena de esta tendencia. El gurú de los últimos tiempos es Guy Standing, que confunde una brecha generacional en la forma de vivir el trabajo y en el estilo de vida con la aparición de una nueva clase social. Con las transformaciones en la división internacional del trabajo que llevaron a la desindustrialización de nuestro país, se produjo una brecha generacional prevista desde un primer momento (ver el Informe Petras). El proceso llamado “reconversión industrial” nos llevó a una transformación estructural y profunda de la clase obrera de nuestro país. Los blue collar dejaron de ser predominantes, dejaron de ser el principal sector de su clase, pero no dejaron de tener el protagonismo en las organizaciones de clase. De hecho, hoy siguen siendo el sector más potente del sindicalismo. Esto apunta varias cuestiones. Los blue collar siguen existiendo, no han desaparecido, y no van a desaparecer por el interés de tener un mínimo de producción industrial en suelo español -ningún gobierno está dispuesto a asumir que en su país no hay tejido productivo, y el capital extranjero lo necesita para poder mantener la dispersión de la mano de obra-. Por otra parte, anclan al movimiento obrero en lo anecdótico, lo anclan en unos sectores de la economía que no representan la globalidad de la clase obrera, desposeen a amplias capas de sectores precarizados de la organización y dificultan su toma de conciencia, sentirse partícipes de una clase social con unos intereses materiales comunes. 

0 comentarios:

Publicar un comentario