
Se han dicho muchas cosas sobre los resultados del 26J. Pocas lúcidas,
muchas repetitivas y sin fundamento. Es por eso que este post no será un análisis profundo de las causas del fracaso, sino de las lecciones que tenemos que asumir. De
todas las cuestiones que habrá que debatir, creo que la estrategia a seguir en
los próximos tiempos es la clave de todo. Es decir, habrá que evaluar si la
guerra relámpago, si la guerra de movimientos nos ha servido, o bien se ha
hecho un uso excesivo. También habrá que valorar los resultados generales, no
solo los electorales del 26J, para poder ver en qué condiciones estamos.
Lo primero de todo: la guerra relámpago ha muerto. Solo con el ejército más
fuerte y mejor preparado en lo logÃstico y propagandÃstico es posible conseguir
una victoria rápida. Pretender una victoria electoral para ocupar los aparatos
del Estado sin tener las estructuras intermedias es un plan destinado al
fracaso. Asà pues, solamente en el objetivo de ocupar los aparatos del Estado
se fracasó al definir una estrategia que no contemplaba las Diputaciones. Si
algo tiene este paÃs es la dependencia de las instituciones que tienen las
personas más empobrecidas, produciéndose una especie de red clientelar allà donde
la economÃa está más deprimida. ¿Quién va a poner en peligro el pan por una
apuesta electoral a medias? Pero no solo se trata de las instituciones. Se
trata del dÃa a dÃa de la calle, de la vida cotidiana de las personas. Una
operación polÃtica de corto recorrido que pretenda convencer a millones de
personas debe tener, primero, una masa crÃtica. Es decir, necesita una sociedad
a punto de ebullición. La sociedad española no se encuentra en ese estado.
Siguen predominando las mismas mentalidades. Es más, la desindustrialización y la crisis del capitalismo
ha llevado a una mutación en la que prima el individualismo, y en la que la
comunidad ha desparecido. A eso pretendÃa ponerle cura el populismo, pero se ha
comprobado que tiene una gran limitación. Tiene una gran limitación porque la televisión
sigue siendo el gran aparato ideológico. Más allá de
participar en tertulias, son los telediarios y la programación más soft (programación como Sálvame, o las tertulias deportivas) los que marcan las
condiciones subjetivas. Sin tener instrumentos ideológicos alternativos, que
consigan generar opinión a un nivel similar, no es posible cambiar la
mentalidad de una forma sólida, que se pueda mantener en el tiempo.
Más allá de análisis pormenorizados, la principal lección que podemos
extraer es que necesitamos realizar un trabajo a medio y largo plazo de
construcción de comunidad. En realidad parece lo de siempre. Quizás haya quien
haya pensado que un cambio real era posible en el corto plazo. Quizás nos
hayamos dejado llevado por un gran crecimiento. Es normal después de décadas en
el desierto. En los próximos años nos toca aprovechar todo lo conseguido, todas
las posiciones que hemos avanzado para seguir peleando en la guerra de
trincheras que es la polÃtica. En los
próximos años toca acabar con la brecha que existe entre el sindicalismo de
clase y las capas más precarias de la clase obrera. Sin una clase obrera
organizada, y activa en todos los espacios públicos, las posibilidades del
cambio tienen serios lÃmites. Sin unas organizaciones polÃticas que pretendan
articular una sociedad alternativa, sin unas organizaciones que vayan más allá
de la maquinaria electoral, las posibilidades del cambio serán ilusorias.