
El domingo los catalanes nos
levantamos con una carta del expresidente de España Felipe González. Es probable
que también fuera dirigida a las catalanas, pero no eran mencionadas y no soy
capaz de certificarlo. Como es un personaje que no me merece ningún respeto,
por su nefasta trayectoria política y su asqueroso presente ligado a la mafia
empresarial hispano-americana, lo llamaré Flipper González. El nombre hace
honor a una tira cómica de Miguel Brieva en la que se explica a la perfección
su trayectoria como dirigente político (y que podéis ver al final de este post). Pues bien, el señor Flipper ha querido
entrar en la campaña electoral catalana. Ha querido entrar con la vista puesta
en las generales, con la vista puesta a consolidar al PSOE en el bloque de la
defensa de la Constitución y el régimen del 78 ante unos fuertes competidores
(PP y C’s).
La carta de la que hablamos no ha sido un simple artículo de opinión, ha
sido el eje central del número dominical de El País. El editorial del domingo
ha tratado única y exclusivamente del artículo. Pocas veces se ha podido ver un
editorial y un periódico entregado a la voz de un personaje. La imparcialidad
del periodismo está en su peor momento. Leer, ver y escuchar la prensa de gran
audiencia hoy es un verdadero sufrimiento, es un espectáculo bochornoso. No hay
periódico, no hay televisión, no hay radio que no trate el tema catalán desde
una visión reduccionista. No hay prensa que no actúe como órgano de expresión
del bloque constitucional o del bloque independentista-neopujolista. Parece que la prensa de Madrid y de Barcelona
esté empeñada en que el eje central del debate político sea la independencia y
la unidad de España, dos caras de una moneda que empieza a estar devaluada. Un
debate que empieza a cansar a la gente por su reduccionismo y por la falta de
elementos tangibles.
La tensión nacional que vivimos está escondiendo a la gran masa popular
que, en gran parte ajena a ese debate, sufre las consecuencias de una de las mayores
crisis del capitalismo y las políticas de ajuste destinadas a mantener y
aumentar los márgenes empresariales. Una gran masa popular que no tiene voz ni
presencia en la prensa. Una gran masa popular que intenta ser comprada con
argumentos reducidos –ya sea que la independencia traerá el progreso o que la
independencia traerá miseria- por aquellos que en realidad la odian. La odian
los que se creen que abrazarán la defensa de un régimen que les desprecia. La
odian también aquellos que creen que son seres inferiores caricaturizados hasta
la náusea, elementos exógenos que distorsionan la pureza cultural.
Volviendo a la carta, Flipper nos explica a los catalanes (ya he dicho que
no puedo certificar que interpele a las catalanas) los males de la
independencia. Nos advierte de grandes males, señala a los artífices de la
pesadilla independentista como emuladores de las pesadillas nazi-fascistas del
siglo pasado. Flipper González hace un refrito de los viejos argumentos, de los
argumentarios pasados y pesados, y los sirve en papel de periódico desgastado. Hay
que decir en favor de este poco entrañable anciano que en algo acierta. Acierta,
por ejemplo, en que Cataluña saldrá de la Unión Europea. Es cierto, dejará de
formar parte de ese club, pero si os soy sincero creo que le iría bien.
Cataluña dispondría de unos instrumentos macroeconómicos de los que España
ahora no dispone. También dice que dividirá a la sociedad catalana, y que
supondría aislar Cataluña. Lo primero no es consecuencia de una reivindicación
en sí misma, sino del peso que está teniendo la visión conservadora y
esencialista del nacionalismo. Esa visión que ve en la nación algo eterno, y
que en algunos casos puede tener tintes etnicistas y supremacistas. Poco hay
del catalanismo del PSUC y de CC.OO. -un catalanismo popular, ciudadano e
integrador- en un movimiento independentista que detesta todo lo que tenga que
ver con una clase obrera mayoritariamente castellanoparlante. Cuando no la
trata como sujeto subalterano, infantilizada y caricaturizada, la trata como
parte del enemigo. Obviamente no todo el independentismo tiene esa visión del
mundo, ni trata a la clase trabajadora de esa forma, pero no se esfuerzan mucho
en distanciarse ni en denunciar esas actitudes lamentables (incluso cuando
vienen de sus propias filas).
Más allá de los pormenores de la carta, se certifica una actitud paternalista de uno de los patriarcas del régimen del 78. Una actitud en la que se señalan unos peligros que los catalanes parece que no hayan visto. No sabemos de qué va la vida. Tiene que venir Flipper González, asesor de la segunda fortuna mundial, a advertirnos del infierno en el que estamos entrando. Flipper ha conseguido que el neopujolismo y su expresión electoral Junts Pel Sí cierre filas, pueda hacerse la víctima y seguir jugando a ser el trilero de la política catalana. De verdad, si realmente quieren que el independentismo deje de crecer, si quieren que los catalanes y las catalanas apuesten por seguir en España hagan caso a estos consejos. Primero, dejen de tratarnos como a imbéciles y traten a la gente con más humildad; no nos den consejos, opinen si quieren pero no den lecciones. Segundo, propongan un nuevo marco de relaciones que supere el Estado de las autonomías, que se formalice en un referéndum en el que catalanas y catalanes expresen si quieren seguir en España o no. Tercero, dejen de compararlo todo con el nazismo; es banalizar un episodio trágico de la historia de Europa. Cuarto y último, dejen de alimentar al troll independentista. Dicho esto, señor Flipper, deje la política y retírese para siempre a su vida de nuevo millonario. Nos haría un gran favor.


