domingo, 28 de enero de 2018
jueves, 10 de agosto de 2017
El verano del ridículo (II)
[Cospedal abrazando el marxismo-leninismo]
Parece que el primer
aviso no fue contundente. Ahí va el segundo. Dejad de hacer el ridículo. Hablad
de frivolidades, de vuestras maravillosas vacaciones o de las riñas familiares asociadas al compartir más tiempo del habitual en
el mismo espacio con la misma gente -esto ya es una teoría muy personal-. Hablad
de lo que queráis, incluso de vuestras lecturas –si elige esta aventura diríjase
al segundo punto de esta crónica de catastróficas desdichas-, pero no hagáis el
ridículo, por favor.
Franco
de la jungla
Quien le iba a decir a
Manuel Vázquez Montalbán que la tierra que le vio descansar para la eternidad
acogería a un personaje televisivo, más conocido por fastidiar la existencia de
pobres bestias indefensas, la suciedad de sus calcetines y su calzado hortera,
que por emitir opiniones fundamentadas. Este personaje, que sienta cátedra
desde sus videos en Facebook, no es franquista. No es franquista, pero
olvídate de las innumerables víctimas del franquismo. Todos fueron muy malos.
Tú no viviste eso, no puedes opinar. Pero él sí. Él puede opinar para decirnos
que Franco no mató tanto, y que desenterrar a tantas personas asesinadas y
enterradas en las cunetas, en fosas comunes, es
reabrir heridas. El franquismo no le dolió a nadie, por lo visto. Por lo visto,
solo importan las heridas cerradas de un bando. Las heridas abiertas, y bien
abiertas que siguen, de miles de familias anónimas no cuentan.
Andrea
Levy Guevara
Las masas oprimidas transitan
un nuevo camino hacia la emancipación. Les guía una nueva figura, una
referencia imponderable. Les guía Andrea Levy. Levy, tras una lectura
apasionada de La casa de Bernarda Alba,
entendió que el mundo en el que vivía estaba regido por unas leyes que oprimían
a las mujeres, relegándolas a un rol meramente reproductivo, negándoles
cualquier autonomía, negándoles su realización como personas. Entendió,
también, que el mundo en el que vivía estaba regido por unas leyes que
concentraban el poder y la riqueza, que la concentraban tanto que cada vez
había más pobres a la vez que cada vez había menos ricos, pero mucho más ricos.
Entendió que siempre hay dos bandos, que debía posicionarse. Debía situarse en el lado correcto de la
historia. El lado correcto nunca puede ser el de los pringaos, pensó. Se hizo
del Partido Popular, que era el bando ganador. Hizo carrera, llegó bien alto.
Llegó tan alto que era asidua en la prensa, tanto por el cargo como por sus
gustos literarios. Y buscó el titular. Y lo encontró.
Melchor,
Gaspar y Baltasar
Era agosto. Nadie se lo
esperaba. De los tres, uno estaba dispuesto a llamar la atención. Era agosto.
El mes perfecto. Por favor, hacedme caso, repetía Gaspar desde 1988. Aquel
Secretario General del Partido Comunista de Asturias aspiraba a más. Siempre
aspiró a más, y cuando lo tuvo se le escapó de las manos. Se le escurría como
un azucarillo que es disuelto. Como quien disuelve un terrón de azúcar, él lo
disolvía todo queriendo. Al final, para endulzar el café y bebérselo al gusto hay
que disolverlo. Él seguía, infeliz en su desgracia, reclamando la atención que
se merecen los liquidadores que, no habiendo conseguido sus objetivos, no pueden ser
llamados traidores.
Epílogo.
Segundo aviso
Pensaba dedicar este
verano a la vida contemplativa, a los vermús, a la lectura y demás actividades
ociosas, pero no. El festival del ridículo no cesa. Sirva este post como
segundo aviso y definitivo. Si el ridículo no cesa me veré obligado a rendirme
y dejar de escribir estas crónicas desesperadas.
Engels contra los magufos. Las ciencias naturales en el mundo de los espíritus.
Hace unos días encontré en una
librería una edición de 2017 (AKAL) de Dialéctica
de la Naturaleza, obra póstuma de Friedrich Engels. Esta obra, que Engels
sólo pudo ver en sus manuscritos, pretendía ser una obra divulgativa sobre la
concepción dialéctica de la materia, una especie de compendio que explicara la
base científica de la propuesta socialista que elaboró junto a su colega Karl
Marx. Hay un capítulo que, aunque no pueda parecer trascendental, me ha
parecido destacable. Al intentar compartirlo en las redes he comprobado que ni
el capítulo ni el libro estaba en ninguna de las bibliotecas virtuales que
recogen multitud de textos marxistas en texto plano, sino que estaban en PDF o
.doc. Las ediciones que he podido contrastar no muestran la edición en la que
se basan, y son manifiestamente mejorables. Tan mejorables que les falta el
apartado de las referencias, por lo que la persona que lo lea verá unas
referencias sin poder acceder a ellas, ni comprender el texto en su plenitud.
Dicho esto, os dejo con el capítulo en el que Engels critica el espiritualismo,
el hipnotismo, y una serie de pseudociencias vivas en nuestros días.
PD: en breves iré incorporando
las referencias, a partir de la última edición.
*************
LAS CIENCIAS NATURALES EN EL MUNDO DE LOS ESPIRITUS 1
Los extremos se
tocan, reza un viejo dicho de la sabiduría popular, impregnado de dialéctica.
Difícilmente nos equivocaremos, pues, si buscamos el grado más alto de la
quimera, la credulidad y la superstición, no precisamente en la tendencia de
las ciencias naturales que, como la filosofía alemana de la naturaleza, trata
de encuadrar a la fuerza el mundo objetivo en los marcos de su pensamiento
subjetivo, sino, por el contrario, en la tendencia opuesta, que, haciendo
hincapié en la simple experiencia, trata al pensamiento con soberano desprecio
y llega realmente más allá que ninguna otra en la ausencia de pensamiento. Es
esta la escuela que reina en Inglaterra. Ya su progenitor, el tan ensalzado
Francis Bacon, preconizaba el manejo de su nuevo método empírico, inductivo,
mediante el cual se lograría, ante todo, según él, prolongar la vida,
rejuvenecerse hasta cierto punto, cambiar la estatura y los rasgos
fisionómicos, convertir unos cuerpos en otros, crear nuevas especies y llegar a
dominar la atmósfera y provocar tormentas; Bacon se lamenta del abandono en que
ha caído esta clase de investigaciones y en su historia natural ofrece recetas
formales para fabricar oro y producir diversos milagros. También Isaac Newton,
en los últimos días de su vida, se ocupó mucho de interpretar la revelación de
San Juan. No tiene, pues, nada de extraño que, en los últimos años, el
empirismo inglés, en la persona de algunos de sus representantes -que no son,
por cierto, los peores- parezca entregarse irremediablemente al espiritismo y a
las creencias en los espíritus, importadas de Norteamérica.
El primer
naturalista a que hemos de referirnos en relación con esto es el zoólogo y
botánico Alfred Russel Wallace, investigador cargado de méritos en su
espccialidad, el mismo que, simultáneamente con Darwin, formuló la teoría de la
modificación de las especies por la vía de la selección natural. En su librito
titulado On Miracles and Modern Spiritualism ["Sobre los milagros y el
moderno espiritualismo"], Londres, Burns,2 1875, cuenta que sus
primeras experiencias en esta rama del estudio de la naturaleza datan de 1844,
año en que asistió a las lecciones del señor Spencer Hall sobre mesmerismo, que
le movieron a realizar experimentos parecidos sobre sus propios
discípulos. "El asunto
me interesó extraordinariamente y me
entregué a él con
pasión (ardour)" [pág.
119]. Además de provocar
en sus experimentos el sueño magnético y los fenómenos de la rigidez de los
miembros y la insensibilidad local, corroboró la exactitud del mapa frenológico, al provocar, por el contacto con
cualquiera de los órganos de Gall, la actividad correspondiente en el paciente
magnetizado, que éste confirmaba mediante los gestos vivos que se le
prescribían. Y comprobó, asimismo, cómo el paciente, por medio de los contactos
adecuados, compartía todas las reacciones sensoriales del operador; se le
emborrachaba con un vaso de agua, simplemente al asegurarle que lo que bebía
era coñac. Logró, incluso, atontar hasta tal punto, sin dormirlo, a uno de los
muchachos, que éste no supo siquiera decirle su nombre, cosa que, por lo demás,
también consiguen otros maestros de escuela sin necesidad de recurrir al
mesmerismo. Y por ahí adelante.
En
el invierno de 1843-44 tuve yo ocasión de ver en Manchester a este mismo
Spencer Hall. Era un charlatán vulgar que, protegido por algunos curas,
recorría el país, haciendo exhibiciones magnético-frenológicas sobre una
muchacha, con objeto de probar la existencia de Dios, la inmortalidad del alma
y la insostenibilidad del materialismo, que en aquel tiempo predicaban los owenistas
en todas las grandes ciudades de Inglaterra. La señorita que le servía de
médium, sumida en sueno magnético, prorrumpía, cuando el operador tocaba en su
cabeza cualquiera de las zonas frenológicas de Gall, en gestos y actitudes
teatralmente demostrativos, que correspondían a la actividad del órgano
respectivo; por ejemplo, al tocarle el órgano del amor por los niños (philoprogenitiveness) acariciaba
y besaba a un bebé imaginario, etc. El buen Spencer Hall, en sus exhibiciones,
había enriquecido la geografía frenológica de Gall con una nueva ínsula
Barataria:3 en efecto, en la parte superior del cráneo había
descubierto el órgano de la oración, al. tocar el cual el médium se hincaba de
rodillas, cruzaba las manos y se convertía, ante los ojos atónitos de la
concurrencia, en un ángel en oración extática. Este número era el final y el
punto culminante de la representación. Quedaba probada de este modo la
existencia de Dios.
A
un amigo mío y a mí nos sucedió algo parecido de lo que le había ocurrido al señor
Wallace: aquellos fenómenos nos interesaron y tratamos de ver si éramos capaces
de reproducirlos. Se nos brindó como médium un muchachito muy listo de unos
doce años. No nos fue difícil provocar en él el estado hipnótico, mirándole
fijamente a los ojos o pasándole la mano por la cabeza. Pero, como nosotros
éramos algo menos crédulos que el señor Wallace y nos entregábamos a la obra
con menos ardor que él, obteníamos resultados completamente distintos de los
suyos. Aparte de la
rigidez muscular y la insensibilidad, fáciles de conseguir, encontramos un
estado de inhibición total de la voluntad, unido a una peculiar sobreexcitación
de las sensaciones. El paciente, arrancado a su letargo por cualquier estímulo
externo, acreditaba una vivacidad mucho mayor que estando despierto. No se
manifestaba ni el menor atisbo de relaciones misteriosas con el operador;
cualquier otra persona podía hacer entrar al sujeto en actividad tan fácilmente
como nosotros. El poder de excitar los órganos frenológicos de Gall era para
nosotros lo menos importante de todo; fuimos mucho más allá: no sólo logramos
trocarlos y desplazarlos a lo largo de todo el cuerpo, sino que fabricamos,
además, a nuestro antojo, toda otra serie de órganos, órganos de cantar, de
silbar, de tocar la bocina, de bailar, de boxear, de coser, de hacer
movimientos de zapatero, de fumar, etc., situándolos en la parte del cuerpo que
queríamos. Y si Wallace emborrachaba a su paciente con agua nosotros
descubrimos en su dedo gordo un órgano de embriaguez, bastando con que lo
tocásemos con la mano para poner en acción el más lindo simulacro de
borrachera. Pero bien entendido que ningún órgano mostraba señales de vida
hasta que se le daba a entender al paciente lo que de él se esperaba; y, a
fuerza de práctica, el muchacho adquirió tal perfección en estos manejos, que
bastaba con la más leve insinuación. Los órganos creados de este modo
permanecían en vigor para posteriores catalepsias, mientras no fuesen
modificados por la misma vía. El paciente se hallaba dotado de una doble
memoria, una que funcionaba estando despierto y la otra, muy especial, que
entraba en acción cuando el sujeto se hallaba en estado hipnótico. En cuanto a
la pasividad volitiva, a la sumisión absoluta del paciente a la voluntad de un
tercero, perdía toda apariencia mágica mientras no olvidásemos que todo el
estado comenzaba con la sumisión de la voluntad del paciente a la del operador
y que no podía provocarse sin ésta. El más portentoso hipnotizador del mundo
queda en ridículo tan pronto como su paciente se ríe en su cara.
Mientras
que nosotros, con nuestro frívolo escepticismo, descubríamos como base de la
charlatanería magnético-frenológica una serie de fenómenos la mayoría de los
cuales sólo se diferenciaban en cuanto al grado de los que se dan en estado de
vigilia, sin que se necesite recurrir, para explicarlos, a ninguna
interpretación mística, la pasión (ardour) con que operaba el señor Wallace le
llevaba a una serie de. ilusiones engañosas que le permitían confirmar en todos
sus detalles el mapa frenológico de Gall
y encontrar una
relación misteriosa entre
el operador y el paciente.*
En todo el relato del señor Wallace, cuya sinceridad raya en el candor, se
trasluce que lo que a él le importaba no era tanto, ni mucho menos, descubrir
el fondo real de la charlatanería como reproducir a todo trance los mismos
fenómenos. Y basta con mostrar este mismo estado de ánimo para convertir en
poquísimo tiempo al investigador neófito, por medio de las más simples y
fáciles ilusiones engañosas, en un adepto. El señor Wallace acabó profesando
sinceramente la fe en los misterios magnético-frenológicos, lo que le llevaba a
pisar con un pie en el mundo de los espíritus.
El
otro pie se movió en la misma dirección en 1865. Al volver de sus doce años de
viajes por la zona tórrida, el señor Wallace se dedicó a experimentos de
espiritismo, que le pusieron en relación con diferentes "médiums". La
obrilla suya que hemos citado revela cuán rápidos fueron sus progresos en este
terreno y cómo llegó a dominar por completo el asunto. No sólo trata de
convencernos de que tomemos por moneda de buena ley todos los supuestos
portentos de los Home, los hermanos Davenport y demás "médiums" que
muestran sus artes más o menos por dinero y que en su mayoría han sido
desenmascarados muchas veces como unos tramposos, sino que nos cuenta, además,
toda una serie de historias de espíritus del remoto pasado, que él considera
acreditadas como ciertas. Las pitonisas del oráculo griego y las brujas de la
Edad Media eran, según él, "médiums", y la obra de Yámblico De divinatione ["Sobre la
adivinación"] describe ya con toda precisión, a su juicio, "los más
asombrosos fenómenos del espiritualismo moderno" [página 229].
Pondremos
solamente un ejemplo para que se vea con cuánta credulidad admite el señor
Wallace la confirmación científica de estos portentos. No cabe duda de que es
muy fuerte pedirnos que creamos en la posibilidad de que los supuestos
espíritus se dejen fotografiar y, puestos en este camino, tenemos, indudablemente,
derecho a exigir que tales pretendidas fotografías de espíritus sean
investigadas del modo más fidedigno, antes de ser reconocidas como auténticas.
Pues bien, en la pág. 187 de su obra cuenta el señor Wallace que en marzo de
1872 una señora Guppy, cuyo nombre de familia era Nicholls, una médium muy
conocida, se hizo fotografiar en Notting Hill,4 en casa del señor
Hudson, en unión de su esposo y de su niño,
y en ambas fotografías aparece
detrás de ella una alta
--------
* Como ya hemos dicho, los
pacientes van adquiriendo mayor perfección con la práctica. Cabe, pues, la
posibilidad de que, al hacerse habitual la sumisión de la voluntad y cobrar
mayor intimidad la relación entre las dos partes, se potencien algunos de los
fenómenos y se manifiesten de modo reflejo incluso estando el paciente
despierto. [Nota de Engels.]
figura
de mujer delicadamente (finely) envuelta
en gasa blanca, con rasgos un poco orientales y en actitud de bendecir.
"Una de dos cosas son, aquí,
absolutamente ciertas.* O se acusa la presencia de un ser vivo e inteligente, o
el señor y la señora Guppy, el fotógrafo y una cuarta persona han urdido un vil
(wicked) fraude, sin desdecirse de él
desde entonces. Pero yo conozco muy bien al señor y a la señora Guppy y tengo
la convicción absoluta de que son tan incapaces de un
fraude de esta naturaleza como en el campo de las ciencias naturales podría
serlo cualquier serio investigador de la verdad" [página 188].
Por
tanto, una de dos: o fraude o fotografía de un espíritu. De acuerdo. Y, en caso
de fraude, o el espíritu figuraba ya previamente en la placa fotográfica o
tienen que haberse confabulado, para urdirlo, cuatro personas, o bien tres, si
dejamos a un lado, por no estar ya en su sano juicio o por ser víctimas de un
engaño, al viejo señor Guppy, que murió tres años más tarde, en enero de 1875,
a los 84 años de edad (bastaba con haberlo mandado colocarse detrás del biombo
que aparece al fondo). No hace falta perder muchas palabras en demostrar que
cualquier fotógrafo podía, sin dificultad, procurarse un "modelo"
para hacer de espíritu. Y se da, además, el caso de que, poco después, el
fotógrafo Hudson fue públicamente denunciado como falsificador habitual de
fotografías de espíritus, lo que lleva al señor Wallace a añadir, a manera de
reserva: "De lo que no cabe duda es que, de existir un fraude,
inmediatamente habría sido descubierto por los espiritualistas" [pág.
189]. Como vemos, el fotógrafo no inspira gran confianza. Queda la señora
Guppy, en favor de la cual habla "el convencimiento absoluto" de su
amigo Wallace, pero nada más. -¿Nada más? En modo alguno. En favor de la
absoluta confianza que la señora Guppy inspira habla su propia afirmación de
que un día de junio de 1871, al anochecer, fue transportada por los aires en
estado inconsciente desde su casa en Higbury Hill Park hasta el núm. 69 de la
Lambs Conduit Street -tres millas inglesas en línea recta- y depositada sobre
una mesa, en medio de una reunión de espiritistas, al llegar a dicha casa, en
el número 69. Las puertas de la sala estaban cerradas y, a pesar de que la
señora Guppy era una de las damas más obesas de Londres, que ya es decir, su súbita irrupción en la sala no abrió
ningún boquete
-------
* "Here, then, one of two things are absolutaly
certain." El mundo de los espíritus está
por encima de las leyes de la gramática. Un bromista citó en una sesión de
espiritismo al espíritu del gramático Lindley Murray. Al preguntársele si
estaba allí, contestó: "I are" (giro norteamericano. en lugar de
"I am").5 Y es que el médium era de los Estados Unidos. [Nota de Engels.]
----------
visible
ni en las puertas ni en el techo (todo lo cual aparece relatado en el Echo de Londres, número de 8 de julio
de 1871). Quien, a la vista de tales detalles, no crea en la autenticidad de la
fotografía espiritista de que hemos hablado, es un incrédulo incorregible.
El
segundo notable adepto, entre los naturalistas ingleses, es el señor William
Crookes, el descubridor del elemento químico llamado talio e inventor del
radiómetro (que los alemanos llaman molido de luz).6 El señor
Crookes comenzó a investigar las manifestaciones espiritistas hacia el año
1871, empleando para ello toda una serie de aparatos físicos y mecánicos,
balanzas de resorte, baterías eléctricas, etc. Enseguida veremos si contaba,
además, para estos experimentos con el aparato más importante de todos, que es
una cabeza escéptica y crítica y si supo conservarlo hasta el final en estado
de funcionamiento. Desde luego, podemos asegurar que el señor Crooks ha dado
pruebas de hallarse prisionero de las mismas engañosas ilusiones que el señor
Wallace. "Hace algunos años -cuenta éste- que una joven señorita llamada
Florence Cook viene revelando notables aptitudes como médium; no hace mucho,
estas aptitudes llegaron a su punto culminante, al producir una figura completa
de mujer que asegura tener un origen espiritista y que se presentó descalza y
envuelta en una túnica blanca flotante, mientras la médium yacía en un cuarto (cabinet) o sala adyacente, con las cortinas echadas, atada y sumida en profundo sueño".7
Este
espíritu, que se hacía llamar Katey y que se parecía extraordinariamente a la
señorita Cook, fue tomado y retenido una noche, repentinamente, del talle por
el señor Volckman -el actual esposo de la señora Guppy- para comprobar si no se
trataba de otra edición de la señorita Cook. El espíritu se comportó como una
dama recia y vigorosa, se defendió con todas sus fuerzas, los circunstantes
intervinieron en la refriega, alguien apagó el gas y, al restablecerse la paz
tras el tumulto e iluminarse de nuevo la sala, el espíritu se había esfumado y
la señorita Cook aparecía tendida en su rincón, atada e inconsciente. Parece
que el señor Volckman jura y perjura todavía hoy que tuvo entre sus brazos a la
señorita Cook, y a nadie más. Para cerciorarse científicamente de ello, un
famoso especialista en electricidad, el señor Varley, comunicó por medio de una
batería una corriente eléctrica a la médium, señorita Cook, de modo que ésta no
pudiese hacerse pasar por el espíritu sin que la corriente se interrumpiera. A
pesar de lo cual, el espíritu compareció. Se trataba, pues, efectivamente, de
un ser distinto de la señorita Cook. De confirmar esto con nuevas pruebas se
encargó el señor Crookes. Su primer paso consistió en ganarse la confianza de la dama conductora de
espíritus. Esta confianza -nos cuenta él mismo en el Spiritualist de 5 de junio de 1874- "fue creciendo poco a poco
hasta el punto de negarse a participar en ninguna sesión a menos que yo dirigiese los arreglos necesarios. Dijo que necesitaba tenerme
siempre a mí cerca de ella y de su gabinete;
yo, por mi parte, me di cuenta de que, una vez ganada y asegurada esta
confianza, no faltaría a ninguna de las promesas que le hiciera; los fenómenos fueron ganando, así,
en intensidad y se obtenían por libre consentimiento medios probatorios que por
otro conducto habrían sido inasequibles. Ella me consultaba frecuentemente con
respecto a las personas presentes en las sesiones y acerca de los lugares que
se les debía asignar, pues últimamente se había vuelto muy nerviosa (nervous) a consecuencia de ciertas alusiones inoportunas en el sentido de que,
junto a otros métodos de investigación más científicos, debía recurrirse
también a la violencia".8
La
señorita espiritista no defraudó en lo más mínimo esta confianza tan afectuosa
como científica depositada en ella. Incluso llegó a presentarse -lo que ahora
ya no puede asombrarnos- en la casa del señor Crookes, se puso a jugar con sus
niños y les contó "anécdotas de sus aventuras en la India", relató al
señor Crookes "algunas de las amargas experiencias de su pasado",9
hizo que la tomase en sus brazos para convencerse de su recia materialidad, le
pidió que contara sus pulsaciones y respiraciones al minuto y, por último, se
hizo fotografiar al lado del dueño de la casa. "Después de haber sido
vista, tocada, fotografiada y escuchada en conversación con ella, esta figura
-dice el señor Wallace- desapareció en absoluto de un
pequeño cuarto cuya única salida era una sala contigua, llena de
espectadores" [pág. 183], lo que no representaba una gran hazaña, siempre
y cuando que los tales espectadores fuesen lo bastante corteses para demostrar
al señor Crookes, en cuya casa sucedía todo esto, la misma confianza que él
había depositado en el espíritu.
Desgraciadamente,
ni los mismos espiritualistas pueden prestarse a creer sin más, a pies
juntillas, estas "experiencias plenamente demostradas. Ya hemos visto más
arriba cómo el muy espiritualista señor Volckman se permitió asirse de una
prueba muy tangible. Y he aquí, ahora, que un clérigo, miembro del comité de la
Asociación nacional británica de espiritualistas, ha asistido también a una
sesión de la señorita Cook, pudiendo comprobar sin dificultad que el cuarto por
el que entró y desapareció el espíritu se comunicaba con el mundo exterior por
una segunda puerta. Y añade que el modo de
comportarse el señor Crooke, presente también en la sesión, "descargó el
golpe de muerte sobre mi creencia de que pudiera haber algo en estas
manifestaciones" (Mystic London, by the Rev. C.
Maurice Davies, Londres, Tinsley Brothers).10 Por si esto no fuera
bastante, se puso al descubierto en los Estados Unidos cómo se
"materializaba" a "Katey". Un matrimonio de nombre Holmes
dio en Filadelfia una serie de representaciones, en las que salía a escena
también una "Katey" a la que los creyentes obsequiaban con numerosos
regalos. Hubo, sin embargo, un escéptico que no descansó hasta cerciorarse de
quién era la tal Katey, la cual, por lo demás, se había puesto en huelga más de
una vez por falta de pago. Tras diversas averiguaciones, la localizó en una boarding house (casa de huéspedes), donde se
alojaba como una señorita tangible, de carne y hueso, en posesión de todas las
ofrendas hechas al espíritu.
Pero
también el continente estaba llamado a vivir su historia científica
espiritista. Una institución científica de San Petersburgo -no sé exactamente
si la Universidad o incluso la Academia de Ciencias delegó en dos señores, el
consejero de Estado Aksákov y el químico Bútlerov, para que indagasen los
fenómenos del espiritismo, sin que, al parecer, sacasen gran cosa en limpio.11
Y en la actualidad -si hemos de creer en lo que públicamente anuncian los
espiritistas-, también Alemania ha suministrado a estos asuntos un hombre de
ciencia, en la persona del señor profesor Zóllner, de Leipzig.
Sabemos
que el señor Zöllner viene trabajando desde hace años en la "cuarta
dimensión" del espacio, habiendo descubierto que muchas cosas que son
imposibles en un espacio tridimensional se comprenden por sí mismas en el
espacio de cuatro dimensiones. Así, por ejemplo, en este espacio se puede dar
la vuelta como a un guante a una esfera de metal sin hacerle ningún agujero,
practicar un nudo con una cuerda que no tenga cabos o se halle atada en sus dos
extremos, enlazar dos anillos cerrados sin romper ninguno de ellos y qué sé yo
cuántos portentos más por el estilo. Se dice que, habiéndose conocido nuevos
relatos victoriosos acerca del mundo de los espíritus, el señor profesor
Zöllner se puso en contacto con uno o varios médiums, con objeto de localizar
con su ayuda el lugar preciso de la cuarta dimensión. El éxito obtenido fue, al
parecer, sorprendente. El respaldo de la silla en que el profesor tenía apoyado
el brazo, con la mano constantemente puesta sobre la mesa, apareció, después de
la sesión, según se asegura, entrelazado con el brazo; una cuerda sellada por
las dos puntas sobre la mesa presentaba cuatro nudos, etc. En una palabra, los
espíritus realizaron como jugando todos los milagros de la cuarta dimensión. Relata refero,12 naturalmente; me limito a contar
lo que he leído, sin responder de la veracidad de estos boletines del mundo de
los espíritus, y, si en ellos se contuvieran falsedades,
debiera el señor Zöllner
agradecerme que le deparara la ocasión de rectificarlas. Claro está que si, por
el contrario, estos boletines reprodujesen verídicamente las experiencias del
profesor Zöllner abrirían, indudablemente, una nueva era tanto en la ciencia
espiritista como en las matemáticas. Los espíritus prueban la existencia de la
cuarta dimensión, lo mismo que ésta aboga por la existencia de los espíritus.
Una vez que se ha sentado esta premisa, se abre ante la ciencia un campo
totalmente nuevo e inmenso. Todas las matemáticas y las ciencias naturales
anteriores pasan a ser simplemente una escuela preparatria para las matemáticas
de la cuarta dimensión y de otras dimensiones superiores y para la mecánica, la
física, la química y la fisiología de los espíritus que moran en estos espacios
multidimensionales. No en vano el señor Crookes ha establecido científicamente
la pérdida de peso que experimentan las mesas y otros muebles al pasar -pues ya
creemos que vale expresarse así- a la cuarta dimensión, y el señor Wallace da
por sentado que allí el fuego no hace la menor mella en el cuerpo del hombre.
¡Y no digamos, la fisiología de estos cuerpos espiritistas! Sabemos que
respiran, que tienen pulsaciones y, por consiguiente, pulmones, corazón y
aparato circulatorio, hallándose con seguridad, por lo menos, tan bien provistos
como nosotros en lo que a los restantes órganos físicos se refiere. En efecto,
para poder respirar hacen falta hidrocarburos, quemados en los pulmones y que
sólo pueden provenir de fuera: hacen falta, por tanto, estómago, intestinos y
demás aditamentos, y, demostrada la existencia de esto, lo demás se deriva sin
dificultad. Ahora bien, la existencia de tales órganos implica la posibilidad
de que se enfermen, lo que puede colocar al señor Virchow en el trance de tener
que escribir una patología celular del mundo de los espíritus. Como la mayoría
de los tales espíritus son señoritas maravillosamente bellas, que en nada, lo
que se dice en nada, se distinguen de las damas de carne y hueso que andan por
las calles como no sea por su belleza supraterrenal, se comprende que no pueda
pasar mucho tiempo antes de que tropiecen con "hombres en quienes
enciendan el amor";13 y puesto que, como el señor Crooke ha
comprobado por las pulsaciones, palpita en ellas "el corazón
femenino", tenemos que también ante la selección natural se abre una
cuarta dimensión, en la cual no tiene ya por qué temer que se la confunda con
la maligna social-democracia .14
Pero,
basta. Creemos que a la luz de lo que queda dicho se revela de un modo bien
tangible cuál es el camino más seguro que conduce de las ciencias naturales al
misticismo. No es el de la enmarañada teoría de la filosofía de la naturaleza,
sino el del más trivial empirismo, que
desprecia todo lo que sea teoría y desconfía de todo
lo que sea pensamiento. No es la necesidad apriorística la que pretende probar
la existencia de los espíritus, sino que son las observaciones empíricas de los
señores Wallace, Crookes y Cía. Si damos crédito a las observaciones realizadas
por Crooke mediante el análisis espectroscópico y que le llevaron al
descubrimiento del metal llamado talio o a los abundantes descubrimientos
zoológicos llevados a cabo por Wallace en el archipiélago malayo, se nos exige
que depositemos la misma fe en las experiencias y los descubrimientos
espiritistas de ambos investigadores. Y cuando contestamos a esto que existe
una pequeña diferencia, a saber: la de que los primeros podemos comprobarlos y
los segundos no, los visionarios nos replican que estamos equivocados y que no
tienen inconveniente en ayudarnos a comprobar también, experimentalmente, los
fenómenos espiritistas.
En
realidad, nadie puede despreciar impunemente a la dialéctica. Por mucho desdén
que se sienta por todo lo que sea pensamiento teórico, no es posible, sin
recurrir a él, relacionar entre sí dos hechos naturales o penetrar en la
relación que entre ellos existe. Lo único que cabe preguntarse es si se piensa
acertadamente o no, y no cabe duda de que el desdén por la teoría constituye el
camino más seguro para pensar de un modo naturalista y, por tanto, falso. Y el
pensamiento falso, cuando se le lleva a sus últimas consecuencias, conduce
generalmente; según una ley dialéctica ya de antiguo conocida, a lo contrario
de su punto de partida. Por donde el desprecio empírico por la dialéctica
acarrea el castigo de arrastrar a algunos de los más fríos empíricos a la más
necia de todas las supersticiones, al moderno espiritismo.
Otro
tanto ocurre con las matemáticas. Los matemáticos metafísicos usuales se jactan
con gran orgullo de que los resultados de su ciencia son absolutamente
inconmovibles. Pero entre estos resultados figuran también las magnitudes
imaginarias, dotadas, por tanto, de una cierta realidad. Y cuando uno se
acostumbra a atribuir a /-1 o a la cuarta dimensión una cierta realidad fuera
de nuestra cabeza, ya no importa dar un paso más y aceptar también el mundo
espiritista de los médiums. Ocurre como Ketteler decía de Döllinger: "Este
hombre ha defendido en su vida tantos absurdos, que bien puede defender uno
más, el de la infalibilidad."15
En
realidad, el simple empirismo es incapaz de hacer frente a los espiritistas y
refutarlos. En primer lugar, porque los fenómenos "superiores" no
aparecen sino cuando el "investigador" en cuestión se halla tan
obnubilado, que sólo ve lo que debe o quiere ver, como el propio Crookes lo describe, con un candor tan inimitable. Y, en segundo
lugar, porque a los espiritistas les tiene sin cuidado el que cientos de
supuestos hechos resulten ser un fraude y docenas de supuestos médiums sean
desenmascarados como vulgares estafadores. Mientras no se hayan descartado, uno
por uno, todos los supuestos
portentos, siempre les quedará terreno bastante donde pisar, como claramente
nos lo dice Wallace, con motivo de las fotografías de espíritus falsificadas.
La existencia de falsificaciones no hace más que probar la autenticidad de las
verdaderas.
De
este modo, el empirismo se ve obligado a rechazar con reflexiones teóricas la
pegajosa insistencia de los visionarios, ya que los experimentos empíricos no
bastan, y a decir, con Huxley: "Lo único bueno que, a mi juicio, podría
ponerse de manifiesto, al demostrar la verdad del espiritualismo, sería el
suministrar un nuevo argumento en contra del suicidio. ¡Antes vivir como un
barrendero que decir necedades desde el reino de los muertos por boca de un
médium que se alquila a razón de veinte chelines por sesión."16
martes, 8 de agosto de 2017
El verano del ridículo
Esta imagen no tiene nada que ver con el contenido del post
El verano suele ser esa
época del año en el que los temas triviales como los cortes de digestión, las
medusas, los sucesos y los asuntos sin importancia centran los informativos,
las tertulias televisivas y las charlas de sobremesa. Este verano está siendo
diferente. Este verano se está caracterizando por ser un festival del ridículo.
Un festival en el que la prensa, los tertulianos de siempre, algunos políticos
y algún cantante se dejan la piel en hacer el ridículo.
Hordas
abertzales atacan a turistas
Sí, Barcelona se ha
sumido en el reino del caos y el terror. Hordas de chavales abertzales, con la
ayuda de Ada Colau, han impuesto un régimen del terror contra el turismo.
Queman autobuses, lanzan bengalas, asaltan yates, restaurantes. Su ansia de
violencia no tiene fin. Todo por su odio a los turistas. Pobres turistas. Los
medios no mienten. Los tertulianos son los guardianes de la verdad, y la verdad
es que por culpa de esos ataques no vendrán turistas. Todo por culpa del
independentismo, y de Colau, que siempre está ahí, sembrando la semilla del mal
por la capital catalana. Que el turismo se haya convertido en una burbuja, y
que por culpa de una masificación enfermiza, y de los bajos salarios en el
sector de la hostelería y la restauración, pueda explotar en cualquier momento
es harina de otro costal.
España
y Ada Colau contra el aeropuerto internacional de la Cataluña post-autonómica y
pre-independiente
El Prat, ese conocido
aeropuerto que para mucha gente da nombre a la ciudad que lo acoge, está en el
colapso absoluto. Todo por culpa de unos trabajadores que, a las órdenes de
España y de Ada Colau, están en huelga justo en agosto. ¡En agosto! Fastidiando
las vacaciones de miles de familias de todo el mundo. No tenían otro mes para
hacer huelga, no. Todo por culpa de España. Sí, de España. Qué casualidad que
el único aeropuerto en el que hacen huelga sea el de Cataluña. Sí, el de la
Cataluña post-autonómica, que camina en el tránsito de la pre-independencia. Y
Colau seguro que tiene parte de culpa también. Seguro que la alcaldesa de
Barcelona tiene algo que ver en el aeropuerto de El Prat. Al final, le iban a
llamar Barcelona World a un giga-casino de Reus. Que falte personal, y que la
mejor táctica para mejorar las condiciones de trabajo sea hacer huelga cuando
más jode, es harina de otro costal. Como también lo es que un servicio público
subcontrate servicios acaba teniendo consecuencias. Lo es, porque la culpa es
de España y de la Colau.
Albano
contra el mundo
Colau, en su empeño por
sembrar la semilla del mal por todas partes, ha abierto un nuevo episodio de
crisis en Podem. Todo empezó con Monedero diciendo tonterías en Canet, y con
Albano doblando la apuesta. La dobló y triplicó, hasta el punto que afirmó en
El País que Pablo Iglesias le ha había pedido su dimisión. Cuadriplicó la
apuesta anunciando a la prensa que quería tender puentes con los mismos que había
purgado hacía pocos días. No sabemos cómo acabará este culebrón, pero seguro
que Ada Colau tiene parte de culpa. Porque sí.
Venezuela,
la Camboya de nuestros días
Todos los días tenemos
noticias de la Camboya de nuestros días: Venezuela. Que si en Venezuela esto,
que si en Venezuela lo otro. Que si en Venezuela una decena de chalados asaltan
un cuartel militar, lo llamamos golpe de Estado. Que si en Venezuela queman gente
porque parecer chavista… Seguro que es un montaje del chavismo. Que si en
Venezuela el parlamento está en desacato con la justicia, Maduro está quebrando
el Estado de derecho. En Venezuela alguien se tira un pedo y abre todos los telediarios de España. Y para ponerle la
guinda al pastel, Miguel Bosé. Miguel Bosé comparando un tataranieto de la
sobrina de Simón Bolívar (Leopoldo López) con un chofer de autobús (Nicolás
Maduro). Miguel Bosé, comparado con un cono. ¿Quién gana?
Conclusión:
descansad y dejad de hacer el ridículo
Toda esta crónica de
despropósitos para llegar a una conclusión. Descansad, disfrutad de las
vacaciones, y dejad de hacer el ridículo en público. Usad las redes para hablar
de series, de películas, del calor que hace, de lo buenos que están los helados
del Mercadona, de vuestras lecturas… En un ejercicio de generosidad política
dejamos que nos enseñéis vuestras fotos en Vietnam, o donde estéis de
vacaciones. Eso sí, no aceptamos dos cosas: que aplaudáis en el avión al
aterrizar (como diría la canción de Lendakaris Muertos) y que hagáis el
ridículo.
domingo, 30 de julio de 2017
Mariscal, Gaugin y la Merche
El 17 de julio se realizó la presentación del cartel de las fiestas de
la Mercè de Barcelona. El cartel de las fiestas de este año, diseñado por Mariscal –ese personaje-,
representa a una chica con el pelo fucsia, una antena en la coronilla, el metro
como pendientes, la estatua de Colón tatuada en el antebrazo y un móvil con una
serie de pictogramas carentes de sentido. Lo preocupante no es el horror de
cartel que se presenta este año, sino su trasfondo y la intencionalidad.
Mariscal, según El Periódico, definió a su protagonista como "una chica de barrio muy guapa y muy contenta de ser de Barcelona". El teniendo de alcalde de Cultura y líder socialista capitalino, Jaume Collboni, dijo que “por su cara, podría ser una chica de Nou Barris”. Viva el estereotipo. Tanto Mariscal como Collboni proyectan la imagen de una chica de Nou Barris como algo exótico, como algo que les parece curioso y que deben exponer, de la misma forma que se expone lo anómalo, pero normalizable. Les faltaba decir algo así como “la Merche es la Belén Esteban de Barcelona, una mezcla de rumba catalana y programas del corazón” o algo parecido a “la Merche es una madre coraje, a la que le falta algún diente, tiende la ropa en la ventana y compra pescado congelado en oferta”.
El cartel, sus declaraciones, me han recordado a Gaugin pintando aborígenes, pintando una realidad exótica y pura a sus ojos. Me ha recordado a todas esas veces en las que intelectuales, políticos, periodistas, en definitiva profesionales de lo suyo, se adentran en los mundos de la clase obrera, en una excursión dedicada a resaltar elementos estéticos que definen una cultura que no es creada de forma libre, sino que es impuesta. Se dedican a resaltar la ropa tendida en los balcones, las dentaduras melladas y la chabacanería como si fueran el resultado de una construcción cultural autónoma. Se dedican a imaginar un universo estético para glorificar una precariedad en la que nadie quiere vivir. Se dedican a narrar e ilustrar una realidad con una actitud colonizadora, con la actitud de quien necesita un espacio puro por primitivo.
jueves, 27 de abril de 2017
Las cenizas de Gramsci. Pier Paolo Pasolini
Poema de 1954.
Transcrito de la edición de Visor Libros, 2009.
Edición, Traducción y Prólogo de Stéphanie Ameri y Juan Carlos Abril.
I
No es mayo este aire impuro
que al oscuro jardín extranjero
hace aún más oscuro o lo deslumbra
con ciegas claridades... de babas
este ciclo sobre los áticos amarillos
que en semicírculos inmesos velan
las curvas del Tíber, los azules
montes del Lacio... Una paz mortal
difunde,
desmorada como nuestros destinos,
este mayo otoñal entre las viejas
murallas. Se halla en él la grisura
del mundo, el final del decenio en que
nos aparece
acabado entre los escombros el profundo
e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida;
el silencio, infecundo y podrido...
Tú joven, en aquel mayo en que el
error
era aún vida, en aquel mayo italiano
que añadía a la vida por lo menos
ardor, al menos alocado e impuramente
sano
de nuestros padres - nunca padre
sino humilde hermano – ya con tu mano
delgada
delineabas el ideal que ilumina
(pero no para nosotros: tú, muerto, y
nosotros
muertos igual, contigo en el jardín
húmedo) este silencio. No puedes
¿ves?, sino descansar en este extraño
sitio aún confinado. Tedio
patricio a tu alrededor. Y desteñido,
sólo te llega algún golpe de yunque
de los taller de Testaccio1,
atenuado
por el atardecer: entre tejados
míseros,
desnudos montones de hojalata,
chatarra,
donde cantando vicioso un aprendiz
cierra
ya el día, mientras alrededor escampa.
II
Entre los dos mundos, la tregua en la
que no somos.
Elecciones, entregas... otro sonido ya
no tienen sino éste del jardín triste
y noble en que el engaño obstinado
que suavizaba la vida se queda en la
muerte.
En los círculos de los sarcófago no
hacen
sino mostrar la suerte superviviente
de gente laica las laicas inscripciones
en estas grises piedras, cortas
e imponentes. Aún de pasiones
desenfrenadas arden sin escándalo
los huesos de los millonarios de
naciones
más grandes; zumban, casi nunca
desaparecidas,
las ironías de los príncipes, de los
pederastas
cuyos cuerpos están en las urnas
dispersas
incinerados y todavía no castos.
Aquí el silencio de la muerte es fe
de un silencio civil de hombres que se
han quedado
hombres, de un tedio que en el tedio
del Parque muda discreto: y la ciudad,
que indiferente lo confina en medio
de tugurios y de iglesias, impía en su
piedad
pierde ahí su esplendor. Su tierra
feraz de ortigas y legumbres
de estos escuálidos cipreses, esta
humedad
negra que mancha los muros en torno
a pálidos garabatos de boj,
que la tarde al serenarse apaga
en desnudos olores de alga... esta
yerbecilla
mísera e inodora, donde violeta se
desploma
la atmósfera con un escalofrío de
menta
o heno podrido, y quieta ahí preludia
con diurna melancolía, la apagada
trepidación de la noche. De clima
rudo, dulcísimo de historia,
entre estos muros es el suelo en que
trasuda
otro suelo; esta humedad
que recuerda a otra humedad; y resuenan
- familiares desde latitutes
y horizontes donde selvas inglesas
coronan
en el cielo extraviada lagos, entre
praderas
verdes como fosfóricos billares
o como esmeraldas: <<And O ye
Fountains...>>-
las piadosas invocaciones...
III
Un trapillo rojo como aquel
enrollado en el cuello de los
partisanos
y junto a la urna, en el terreno céreo,
dos geranios diversamente rojos.
Allí estás tú, con dura elegancia no
católica
desterrado en una lista entre
extranjeros
muertos: Las cenizas de Gramsci...
Entre esperanza
y desconfianza vieja me acerco a ti, me
lleva
la casualidad por este estrecho sendero
delante de tu tumba, de tu espíritu
permanecido aquí abajo entre estos
libres.
(O es algo distinto, acaso más
extasiado
e incluso más humilde, ebria simbiosis
de adolescentes de sexo con muerte...)
Y desde este país en el que no tuvo
pausa
tu tensión, siento cuánto equívoco -
aquí en la quietud de las tumbas- y al
tiempo
cuanta razón -en nuestra inquieta
suerte-
tuviste destilando las supremas
páginas en los días de tu asesinato.
He aquí para atestiguar la semilla
del antiguo dominio aún no dispersa,
estos muertos apegados a una posesión
que hunde en los siglos su grandeza
y su abominación: y a la vez obsesivo
ese vibrar de yunques en sordina,
sofocado y afligido -desde el barrio
descuidado- para atestiguar su fin.
Y he aquí a mí mismo... pobre,
vestido con la ropa
que los pobres ojean en escaparates
de esplendor tosco, y que ha
descarriado
la suciedad de las calles más remotas,
de los asientos de los tranvía, de los
que mi día
se extraña: mientras cada vez más
escasas
son estas vacaciones mías, en el
tormento
de mantenerme en vida; y si se me
ocurre
amar el mundo no es más que por
violento
e ingenuo amor sensual
así como, confuso adolescente, lo odié
entonces, si en él me hería el mal
burgués de mí mismo, burgués: ¿y
ahora
escindido -contigo- el mundo,
no parece objeto de rencor y casi de
místico
desprecio, la parte que tiene su poder?
Aun sin tu rigor subsisto
ya que no elijo. Vivo en el no querer
de la posguerra decaída: amando
el mundo que odio -en su miseria
desdeñoso y perdido- por un oscuro
escándalo de la conciencia...
IV
El escándalo de contradecirme, de
estar
contigo y contra ti; en el corazón
contigo,
en la luz, contra ti en las vísceras
oscuras;
a mi traidor estado paterno
-en el pensamiento, en una sombra de
acción-
me sé a él apegado en el calor
de los instintos, de la pasión
estética;
atraído por una vida proletaria
a ti anterior, es para mí religión
su alegría, no su milenaria lucha:
su naturaleza, no su conciencia;
es la fuerza originaria del hombre
que se ha perdido en el acto
para darle la ebriedad de la nostalgia,
una luz poética: y más no sé decir
yo de esto que no sea justo
sin ser sincero, abstracto amor,
no acongojante simpatía...
Como los pobres pobre, me agarro
como ellos a humillantes esperanzas,
como ellos para vivir combato
cada día... Pero en mi condición
desoladora de desheredado,
algo poseo: y es el más exaltante
de los bienes burgueses, el estado
más absoluto. Pero como yo poseo
la historia, ella me posee y me
ilumina:
¿pero para qué sirve la luz?
V
No digo el individuo, el fenómeno
del ardor sensual y sentimental...
tiene otros vicios, otro es el nombre
y la fatalidad de su pecar...
¡Pero en él amasados, cuántos vicios
comunes, prenatales, y cuánto
pecado objetivo! No son inmunes
los internos y externos actos,
que a la vida lo encarnan, de ninguna
de las religiones que en la vida se
hallan,
hipoteca de muerte, instituidas
para engañar la luz, para dar luz al
engaño.
Destinados a ser sus despojos
enterrados en el Verano2,
católica es su lucha con ellos:
jesuíticas
las manías con las que dispone el
corazón;
y aún más adentro: tiene astucias
bíblicas
su conciencia... e irónico ardor
liberal... y luz tosca entre los
disgustos
de dandy provinciano con provinciana
salud... Has las ínfimas minucias
donde se desvanecen, en el fondo animal
Autoridad y Anarquía... Bien protegido
de la impura virtud y del ebrior pecar
defendiendo una ingenuidad de obseso,
¡y con qué conciencia! Vive el yo: yo
vivo eludiendo la vida, con el sentido
en el pecho de una vida que sea olvido
violento, acongojante, Ah, cómo
entiendo, mudo en el rumor encharcado
del viento, aquí donde enmudece Roma
entre los cipreses cansadamente
descompuestos,
junto a ti, el alma cuya inscripción
dice
Shelley...3
Cómo entiendo el remolino
de los sentimientos, el capricho
(griego en el corazón del patricio,
veraneante nórdico) que le engulló
en el ciego celeste del Tirreno;
la carnal alegría de la aventura
estética y pueril: mientras Italia,
postrada
como dentro del viente de una cicala4
enorme
abre de par en par blancos litorales
esparcidos en el Lacio de velados
escuadrones
de pinos barrocos, de amarillentos
prados de buena hierba donde duerme,
con el miembro abultado entre los
harapos,
un sueño goethiano, el pastorcito
joven...
Oscuros, en la Maremma5
de hermosos desagües
de hierba acuática, donde el nogal se
dibuja
claro, por las veredas que el boyero
rellena de su juventud ignaro.
Ciegamente fragantes en las secas
curvas de Versilia, que expone sobre el
mar
enmarañado, ciego, los tersos estucos,
las ligeras taraceas de su campiña
pascual enteramente humana,
ensombrecida sobre el Cinquale6
desenredada bajo los tórridos Apuanos7
los vítreos azules sobre el rosa... De
arrecifes,
derrumbamientos, descompuestos,
como por un pánico de fragancia en la
Riviera8
blanda, enhiesta, donde el sol lucha
con la brisa
para otorgar suprema suavidad
a los aceites del mar... Y alrededor
zumba
de dicha el instrumento exterminado
de percusión del sexo y de la luz:
tan habituada está Italia que no
tiembla
por ello, como muerta en su vida:
gritan
calientes desde cientos de puertos el
nombre
del compañero los jovencitos madorosos
con sus rostros morenos, entre la gente
ribereña, junto a huertos de cardos,
en pestilentes playitas...
¿Me pedirás tú, muerto sin adornos,
que yo abandone esta desesperada
pasión de estar en el mundo?
VI
Me voy de aquí, te dejo en el
atardecer
que aunque triste desciende tan dulce
para nosotros, vivos, con la luz cérea
que cuaja por el barrio en penumbra.
Y lo agita. Lo hace más grande, vacío
alrededor y, más lejos, vuelve a
encenderlo
de una alocada vida que del ronco
rodar de los tranvías, de los gritos
humanos,
dialectales, hace un concierto desvaído
y absoluto. Y sientes, como en aquellos
lejanos
seres que en vida gritan, ríen
en sus vehículos, en esos caserones
míseros donde se consume el expansivo
e inflie don de la existencia -
esa vida no es sino un escalofrío;
corpórea presencia colectiva;
sientes la falta de toda religión
verdadera; no vida sino supervivencia
-acaso más alegre que la vida-
igual que un pueblo de animales
en cuyo arcano orgasmo no haya otra
pasión
que la del trabajo cotidiano: fervor
humilde al que da un sentido de fiesta
la humilde corrupción. Cuanto más
vano
-en este vacío de la historia,
en esta pausa zumbante donde la vida
calla-
es cualquier ideal, mejor se manifiesta
la estupenda, adusta sensualidad
alejandrina casi, que todo minia
e impuramente enciende, cuando aquí
en el mundo algo se derrumba, y
arrastra
consigo al mundo en la penumbre,
regresando
a plazas vacías, a talleres
desgraciados...
Ya se encienden las luces constelando
Via Zabaglia, Via Franklin9,
el Testaccio
entero, sin adornos entre su grande
y sucio monte, los lungoteveri,
el
fondo negro más allá del río que Monteverde10
difumina
o amontona invisible sobre el cielo.
Diademas
de luces que se pierden
relucientes
y fríos de tristeza
casi
marina... Queda poco para la cena;
brillan
los autobuses escasos del barrio
con
racimos de obreros en las puertas,
y sin
prisa van grupos de militares
hacia
el monte que oculta, en medio de empapados
socavones
y secos montones de basura
en la
sombra, agazapadas ramerillas
que
esperan irascentes sobre la afrodisíaca
sentina:
y no muy lejos, entre ilegales
casillas
por los márgenes del monte, o en medio
de
edificios, casi mundos, unos muchachos
ligeros
como trapos juegan en la brisa
ya no
fría, primaveral; ardientes
de
aturdimiento juvenil su romanesco
atardecer
de mayo silban adolescentes oscuros
por
las aceras, en la fiesta
vespertina;
y los cierres metálicos de las cocheras
crujen
de golpe alegremente,
si la
oscuridad ha vuelto sereno el atardecer
y
entre los plátanos de Piazza Testaccio
el
viente que en temblores de tormenta cae
es muy
dulce, aunque rasurando las toscas
y las
tobas del Matadero, ahí se impregne
de
sangre pútrida y por todas partes
agite
desperdicios y olor a miseria.
Es un
rumor la vida y éstos, perdidos en ella,
serenamente
la pierden
si el
corazón les llena: aquí
gozan
míseros el atardecer: y en ellos
inermes,
poderoso para ellos, el mito
renace...
Pero yo, con el corazón consciente
de
quien sólo en la historia tiene vida,
¿podré
alguna vez más esforzarme con pura
pasión,
si sé que nuestra historia se ha acabado?
1954
1Barrio
romano donde se enconttaba antiguamente el matadero
2Nombre
de un famoso cementerio católico romano
3El
poeta inglés Percy B. Shelley (1792-1822). Se ahogó durante una
tempestad en el mar Tirreno y, como dice el texto, está enterrado
en el Cementerio Protestante o de los Ingleses, en el Testaccio.
Allí también se encuentra la tumba del poeta Joh Keats
(1795-1821).
4Cicala
en italiano tiene dos significados: de mar, o sea, cigala, y de
tierra, cigarra.
5La
Maremma es una comarca de
Toscana.
6Monte
de los Apeninos
7Alpes
Apuanos de Toscana
8
La Riviera es el litoral que se extiende a lo largo del golfo de
Génova, desde San Remos hasta La Spezia.
9Nótese
que estas dos calles van con mayúsculas, porque al encenderse se
han convertido en constelaciones, igual que la Vía Láctea
10Barrio
popular romano de la otra ribera del Tíber.
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